miércoles, 30 de diciembre de 2009

Palabras y actos


En los mal llamados foros de Internet (si los romanos levantaran la cabeza), abunda un argumento muy curioso cuando ya no queda ningún otro. Si una persona no está de acuerdo con otra, acaba por espetarle que "es que tú has follado poco". La cosa merece una reflexión. Para empezar, el acto del coito es fisiológico en sí mismo, cumple una necesidad vital lo mismo que el acto de comer alimentos. Sacar un mérito de ello es lo mismo que decirle a otro que no tiene razón porque no ha cenado solomillo.
Ciertamente, llegar a hacer el amor con otra persona precisa de un esfuerzo, qué duda cabe. Casanova era un consumado artista en ese deporte, pero me obstino en recordar que el director Federico Fellini lo consideraba un ser vacío y cretino. Quizás los años tristes que pasó de bibliotecario le den la razón al cineasta italiano, aunque ni él ni yo tenemos derecho a juzgar, en el balance de las cosas, a un hombre que, en muchos sentidos, y no sólo en el de la seducción o el literario, fue excepcional aun a su pesar.
Pero, al menos hoy en día, no es un gran esfuerzo. Quevedo lo resumió magistralmente con una frase lapidaria: "Putas le sobran a cualquier desnudo". Todo el mundo come y todo el mundo hace el amor, más que menos. Presumir de ambas cosas es banal hasta decir basta, pero aún me atrevería a más, y es que a veces el refranero ayuda cuando nos dice que hay que ser cautos con aquello de lo que uno se jacta. El acto sexual es un acto íntimo, y presumir de ello sin más es convertir a la persona con la que lo has hecho en un trofeo de caza, es decir, en un objeto.
Claro está que no es lo mismo hacer el amor, o follar (palabra que hasta etimológicamente es tosca), que amar a otra persona, de otro sexo o del mismo. Amar, además del enorme placer emocional y físico que proporciona, es un noble sacrificio que requiere algo que escasea más que la plata y el oro fino, es decir, voluntad. Hay que aplicarse por complacer y hacer feliz a tu amante o cónyuge, hay que trabajar duro para ponerse de acuerdo en las decisiones del día a día, para saber cuándo ceder y cuándo no, para ver pasar las estaciones y los años en dulce e indispensable compañía, para perdonar y olvidar las inevitables rencillas.
Divertirse siempre es sano, especialmente cuando eres un chaval con las hormonas a punto. Pero por ello mismo sólo un adolescente con pocas luces puede esgrimir el argumento de que ha follado mucho y sacar autoridad moral de ello. El tiempo enseña muchas cosas, pero sobre todo, enseña a valorar las que verdaderamente importan. El cariño, la afinidad y la empatía que crecen y se ramifican como un robusto árbol que pierde las hojas en Otoño para recuperarlas en Primavera, eso sólo se aprende con el tiempo. No hay nada más conmovedor que ver a una pareja de viejecitos cogidos de la mano, con poca vida por delante, pero con mucha por detrás.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Visita a una librería

Borges Oral, Cartas a Milena de Kafka, Curso sobre el Quijote de Nabokov, Cuentos completos de Faulkner, La vida amarga de Josep Pla, Borges según Bioy Casares, la Obra Selecta de Edmund Wilson, Consejos a los criados de Jonathan Swift, Nocturnos de Hoffmann, Cuentos de Sherwood Anderson, Canaan negro de Robert Howard, Parerga y Paralipómena de Schopenhauer, Semmelweis de Celine, Obras completas de Wittgenstein, Los Diálogos de Platón, El Jardín de Ciro de Thomas Browne, En Ruta de Jack London, La prosa de San Juan de la Cruz, Nuestro visitante de medianoche de Conan Doyle, La Metafísica de Aristóteles, Conversaciones con Woody Allen, El Biathanatos de John Donne, Cuentos completos de Eudora Welty, El vértigo de listas de Umberto Eco, Diarios de Robert Musil, Poesía medieval Española, Cuentos esenciales de Maupassant, El canon del cuento de Harold Bloom, Coplas de Jorge Manrique, Tifus de Sartre, Cuentos fantásticos de Tieck, Cuentos selectos de Chejov, Para leer al anochecer de Dickens, La vida del espíritu de Hannah Arendt, Cuadernos de notas de Henry James, Diarios de Lord Byron, Kafka va al cine, Cuentos completos de Stevenson, Obras completas de Ovidio, Cuentos de Dostoievski, Historias de piratas de Defoe, Obras completas de Emerson en inglés. Ediciones lujosas del Quijote, de Arthur Gordon Pym, de las novelas de Sherlock Holmes, de la Divina Comedia, la Crónica de las Cruzadas de la editorial Taschen. Y mucho más que ya no logro recordar. Todo visto, ojeado, leído en voz alta, olido. Todo se quedó allí.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Mundos virtuales


La experiencia de ver Avatar, el último y muy publicitado invento de James Cameron, en una gran pantalla en tres dimensiones es visualmente asombrosa. Es sabido que el furibundo director es un apasionado de la técnica y un maestro en rodar secuencias de acción, y en Avatar cumple con creces en esas áreas. Pero Cameron se olvida, tristemente, de que una película es una historia, y aquí firma uno de los peores guiones de su carrera, y demuestra que, si sabe gritarles a los actores, desde luego no sabe dirigirlos.
Sé muy bien que en esta opinión no voy a estar muy acompañado, porque Cameron sabe darle al público de masas exactamente lo que quiere, es decir, evadirse y no pensar, y Avatar va a arrasar en taquilla. Me sorprende, sin embargo, que críticos tan avezados como Roger Ebert no hayan visto las enormes deficiencias del film. Para empezar, los actores, del primero al último, están para fusilarlos a todos, empezando por el insulso protagonista, superestrella de físico sin talento alguno que sospecho acabará encasillado en el cine de acción facilón y palomitero.
Los buenos son buenísimos, los malos son malotes de caricatura, aquí no hay medias tintas. Además, se nos oculta un montón de información. No sabemos que pasó en la Tierra, no sabemos casi nada de los Na´vi, no conocemos el pasado de ningún personaje, ni en qué época se sitúa la historia. Los diálogos son asombrosamente idiotas incluso para Cameron (que necesita asesoramiento urgente en estos temas, pero su ego no le deja). Y las ideas interesantes que se presentan en la historia, que las hay, están resueltas de manera ridícula y predecible.
Me he hartado de leer y oír que George Lucas es un mal guionista. Sospecho que los mismos que tanto lo han criticado últimamente son los que se dejan deslumbrar por este castillo de fuegos de artificio. Pero si Lucas revolucionó el cine del modo que lo hizo, para bien o para mal, es porque sabía que la historia es esencial en una película, sea del espacio o de carreras de coches. Una sola línea dicha por el senador Palpatine supera a todas las frases de este espectáculo digital y gélido. Y ni Peter Jackson, cuya trilogía de los anillos está envejeciendo mal, ni mucho menos Cameron, pueden rivalizar con el astuto creador de Indiana Jones.
Quedan en el balance positivo los inenarrables efectos especiales, las escenas de acción de la segunda mitad, rodadas con la maestría habitual del director canadiense, y algunos apuntes de guión que debieron ser ampliados o mejor interpretados. Pero la película que pretendía revolucionar el cine se queda en una versión espacial de Tarzán y Atlantis que gustará a muchos chavales, pero no a un público exigente. Si al menos Cameron no se tomara a sí mismo tan en serio, podría haber hecho una golfada como la incomprendida y espléndida Starship Troopers. Pero por cosas como esa Verhoeven está en Holanda. El público de la era Ipod lo quiere todo masticadito, ésta por papá, y ésta por mamá.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Joyas catódicas


Es memorable el capítulo del cuento Cándido, de Voltaire, en que aquél se encuentra con el noble llamado Prococurante, que tiene la honestidad de admitir que, de todas las obras clásicas que posee, la inmensa mayoría le aburren. "De tres mil pasan y no hay treinta buenas". Siendo realistas, ese principio se aplica a cualquier área creativa en cualquier época, y la ficción televisiva de la década que ya acaba no ha dado tantas muestras de inmensa calidad como se ven en los blogs sobre el medio. He visto muchas listas, pero yo juzgo que estas series son las que realmente merecen el honor de ser las mejores de la década cero:

-24: Porque, tal y como dice su protagonista, Kiefer Sutherland, llegó en el momento adecuado. Ninguna otra ficción, en cine o cualquier otro medio, ha sabido retratar el mundo post 11-S como esta adictiva saga.

-Perdidos: Por mucho que la critiquen, hay que reconocer que las tres primeras temporadas de esta serie han dejado muchos momentos imborrables en nuestra retina. A partir de la cuarta temporada, sin embargo, los perdidos son los guionistas.

-House: Porque no es una serie de medicina al uso, ni una imitación hospitalaria de CSI, ni un homenaje a cierto detective inglés. Sobretodo, es una serie sobre la condición humana y las relaciones laborales, que son analizadas por su protagonista de modo implacable.

-Dexter: Es un gran mérito que un psicópata nos caiga tan simpático. Quizá apela al demonio que todos llevamos dentro. Cada temporada es mejor que la anterior, y la odisea de un personaje tan atípico va camino del apocalipsis.

-Nip/Tuck: Un retrato sin concesiones del mundo de apariencias en que estamos inmersos. Los protagonistas son dos cirujanos plásticos que se complementan perfectamente en un ambiente malsano y enfermizo en que el sexo no lo cura todo.

-Roma: Las inexactitudes históricas de esta serie darían para un tomazo, y no alcanza en calidad a Yo Claudio, pero unos actores entregados, su sucio realismo, y una segunda temporada endiablada la redimen de cualquier pecado. Lástima que se acabara tan pronto.

-El Rey de la Colina: La verdadera heredera de los Simpson, una cruda serie de animación en la que no es fácil reírse, pero en la que todos nos vemos retratados de alguna manera. En poco tiempo se les coge cariño a los personajes.

-A Dos Metros Bajo Tierra: La gran joya de la corona, si la televisión se inventó para que existiera esta serie, bien estuvo el invento. Perfección pura y cristalina como no se veía desde hace mucho tiempo. Todo lo que empieza tiene un final, pero vaya final.

Y esto es todo, amigos. Se trataba de poner lo mejor. De hecho, he acabado poniendo más de las que tenía pensadas en un principio. No tengo por que justificar las ausencias, porque, como a Prococurante, me aburren muchas cosas. Pero aunque es una lista personal, no es del todo subjetiva.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Falsa Navidad


Está escrito que Jesús, al ver que los mercaderes aprovechaban el templo para enriquecerse, los expulsó con furia, diciendo "habéis convertido mi casa en una cueva de ladrones". Me pregunto qué diría Jesús si viera en qué hemos convertido la Navidad. Para nuestra generación, la Navidad es simplemente una época en la que hay que vender y comprar todo tipo de cosas inútiles, con locura ciega, para mantener un sistema económico que asfixia el alma. Ya pocos se acuerdan de qué es lo que se celebra en estos días.
Marcelo le dice a Horacio, el amigo de Hamlet, que en el tiempo en que se celebra el Nacimiento del Redentor, las noches son saludables, libres de malas influencias. " ¡Tan sagrados son y tan felices aquellos días!", dice el buen Marcelo. ¿Qué se celebra en Navidad en cualquier caso? El Nacimiento del más humilde, del que nació en un pesebre, el que nunca tuvo nada en posesión. Esto debiera ser sagrado para los creyentes y motivo de respeto para los que no creen. Para los insensatos, que cada vez son más, parece no significar nada. Pero estos que llaman a la Navidad solsticio de invierno, ¿qué están celebrando exactamente?
Para el que recibe un regalo, importa más la cuantía que el valor del mismo. Una vaca de juguete regalada con cariño vale mucho más que un ordenador regalado con desdén. Pero nuestros ojos, invisibles a nada que no sea tangible, no saben distinguir entre intenciones. En un mundo regido por las apariencias, y en el que no cuenta nada más, no podemos ver ya lo que el corazón esconde. En todo caso, yo apelo a una reducción drástica del mercadeo en Navidad, porque si el Templo es la Casa de Dios, y hasta los ateos reconocen que una Iglesia es terreno sagrado, la Navidad es el Tiempo de Dios en cada uno de nosotros.
No es tiempo de ir a comprar nuestros caprichos efímeros. No es tiempo de comer como cerdos cebados ni de ser felices por un día con el último aparato electrónico que los mercaderes ponen con astucia delante de nuestros ojos. La Navidad debiera ser tiempo de renuncia, de meditación, de cercanía con los que queremos, y de caridad. Pero preferimos recibir y dar cosas en lugar de transmitir afecto. Queremos el mensaje, pero echamos al mensajero a la fría calle. En verdad que hemos convertido estos días tan especiales en una cueva de ladrones mil veces más terrible que la que denunció Jesús en el Templo.
Me dirían algunos que si no se consume, mucha gente perdería su trabajo. ¿Quién lo perdería, digo yo? Los que son prescindibles siempre lo han sido. Los ejecutivos que deciden quién se va a la calle siempre ganan. Los que podrían perder su trabajo de cajeros, repartidores, agentes de ventas u otras faenas igualmente indignas por la caída del consumo parecen ignorar que son esclavos al vender su felicidad por un sueldo miserable mientras otros se hacen ricos con el sudor de frentes ajenas. Y en todo caso, hay una diferencia entre no consumir y hacerlo con locura, que es lo que hacemos desde hace ya demasiados años.

viernes, 4 de diciembre de 2009

"Mil y una" noches


Un viejo dicho árabe dice que aquél que lee las Mil y una Noches muere antes de terminarlas. Poco podía sospechar el anónimo lo certeras que son esas palabras. En un célebre ensayo sobre las traducciones de las Noches, Borges repasa a los artífices de que esta obra maravillara a Occidente. El viejo maestro argentino elogia sin reparos a Galland, pondera con frialdad a Lane, disimula su admiración por Burton (conociendo al personaje, su versión debe de ser magnífica), ataca sin piedad a Mardrus y despacha a Littman con desdén.
Si olvidamos las versiones abreviadas, en español nos encontramos con el mismo problema. No hay ninguna edición definitiva de las Mil y una Noches, una de las obras más entretenidas de la literatura universal. Dispongo desde hace tiempo de la de Mardrus traducida por Blasco Ibáñez, es decir, una mala traslación de una versión adulterada. También tengo la de Juan Vernet, la más alabada por los filólogos, y a la que se pueden aplicar las palabras que Borges dedicó a Littman. Vernet es "siempre lúcido, legible, mediocre". Su versión es respetable y académica, y eso es lo peor que le puede ocurrir a un libro de esta naturaleza.
Las cosas siempre pueden ir a peor. Hace poco se ha publicado la versión de René Khawam de la obra en nuestra lengua. Este especialista se remonta a las fuentes originales y comete el error que nadie antes que él ha osado cometer: omite a Simbad, a Aladino y a Alí Babá, porque fueron añadidos a posteriori. Un ejercicio de purismo de la peor especie. Sin embargo, y aquí es donde está el punto esencial, Khawam incluye varios cuentos que no están en ninguna otra versión. Del mismo modo, en la traducción de Vernet hallé, entre otras, una increíble historia que tiene a Alejandro Magno como protagonista. En mi vieja y desordenada recopilación de Mardrus abunda un cierto erotismo muy exótico y francés.
Hay infinitas, mil y una versiones y traducciones de las Noches Árabes, como las llamó el precursor Galland. Estamos hablando por tanto de una obra que no deja de renovarse en distintas lenguas a través de los tiempos, ilimitada y antigua. Hay, sin embargo, una traducción española, la de Cansinos Assens, que bien puede ser calificada como canónica, y que Borges admiró sin reservas. Es una obra que Aguilar publicó hace ya tiempo, con bellas ilustraciones y en elegantes tomos de piel. Lamentablemente, sólo se puede encontrar en el mercado de segunda mano a un precio prohibitivo.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Lo viejo y lo nuevo


Los futuristas siempre han sido bastante drásticos. La inmensa mayoría creía que las nuevas tecnologías vendrían a sustituir a las antiguas de manera radical. Lo que está ocurriendo, sin embargo, se puede resumir en la brillante metáfora de uno de los mejores, Alvin Toffler: estamos viviendo un continuo entrechocar de olas. Si la civilización estuviera gobernada por la razón, es probable que la televisión hubiera acabado con la radio. Pero las personas somos seres aferrados a las costumbres, y nuestro comportamiento es impredecible.
Los ejemplos son múltiples, y voy a señalar algunos que me parecen significativos. El Compact Disc ahora mismo está menos valorado que el vinilo. Los libros electrónicos no han sustituido al papel. El cine ha sobrevivido incluso al Blu-Ray y las pantallas de plasma. Los viajes en avión no han hecho desaparecer los cruceros por mar. Internet no ha implantado el teletrabajo. Los alimentos transgénicos son menos populares que los ecológicos. En resumen, las tecnologías no se eliminan mutuamente, sino que conviven de un modo parcialmente ordenado.
El teléfono móvil es un caso muy particular. No cabe duda de que su implantación en la sociedad ha sido un fenómeno histórico. Además, es un aparato que ha evolucionado de manera pasmosa, de modo que hoy en día un terminal es una especie de navaja suiza electrónica, con pantalla táctil, capaz de hacer casi de todo, desde reproducir música a grabar vídeo o conectarse a la Red, entre otras cosas. Sin embargo, para asombro de muchos y mío, el uso más extendido del móvil es el envío de mensajes de texto, en un lenguaje con características propias. Y por otro lado no ha reemplazado a las líneas fijas.
Por supuesto que hay excepciones. Del mismo modo que el coche desplazó a las carrozas, los ordenadores han enterrado a las viejas, entrañables máquinas de escribir. Pero en general no dejo de observar esa curiosa convivencia entre lo viejo y lo nuevo. Quizá sea una expresión de la libertad individual, o de una pequeña rebeldía frente a las imposiciones del avance técnico. Tengo ciertas dudas al respecto en el entorno de una sociedad consumista. Hay muchos factores en juego, pero el hecho de que en 2009 aún circulemos en coche y no hayamos vuelto al espacio me hace pensar que los avances que he citado no son tan portentosos como para sustituir a los que les preceden.
Hay motivos para concluir que el progreso, esa espada de tres filos, ha frenado un tanto su velocidad. Hubo más avances importantes en la guerra fría, sin ir más lejos, que en todo el período posterior. Una economía de paz relativa no es un estímulo demasiado grande para el desarrollo científico. Tengo presente lo provocador que es afirmar esto, pero no soy el primero ni el último en hacerlo. A falta de grandes avances como una nueva forma de energía o la cura de la diabetes, los niños eternos que somos nos entretenemos con los juguetes que nos dan, pero cuando nos aburrimos de ellos volvemos a los que teníamos guardados en el baúl.

sábado, 21 de noviembre de 2009

La rueda de fuego


Girolamo Savonarola irrumpió en la Florencia del Renacimiento con una fuerza inusitada. Había sido un ferviente estudiante dominico, brillante y apasionado. Sin embargo, estaba fuertemente impregnado de pesimismo, y su manera de escribir y hablar siempre tendía hacia la exaltación. Sus primeras críticas fueron hacia la misma Iglesia, a la que consideraba en estado de decadencia moral. Llegó a decir que la Curia Romana era una furcia corrupta. Savonarola entró como predicador en la Florencia de los Medici indignado por todo lo que veía, y convencido de que se acercaban días adversos. Dijo que un segundo Ciro entraría en Italia, y la súbita entrada de Carlos VII en la ciudad le dio la razón.
Se convirtió en un reformador. Predicaba que la vida cristiana consistía en hacer el bien, no en la pompa y circunstancia. Estaba en contra de las vestimentas, el juego, la usura y las fiestas profanas. Establecido como líder religioso y político de la ciudad, reprimió con dureza la sodomía y cualquier tipo de abuso. Odiaba los lujos, que según él alejaban al hombre de la pureza original. De este modo, hizo quemar espejos y cosméticos, pero también cuadros y libros. Se dice que Botticcelli, que era partidario suyo, quemó voluntariamente varias de sus obras en la así llamada Hoguera de las Vanidades. También se opuso al comercio y al dinero en general.
No tardó en hacerse enemigos poderosos. Un grupo de ellos se hizo llamar los enojados, y hasta el mismo Papa Alejandro VI anunció su excomunión y mandó que lo arrestaran. Pero Savonarola se negó a obedecer al corrompido pontífice Borgia, e incluso cuestionó abiertamente su autoridad. Para entonces, Savonarola había empezado a condenar a muerte a homosexuales y a adversarios políticos, y usaba niños para espiar dentro de las casas, en un régimen casi inquisitorial. Lo que había empezado como prédica se había convertido en tiranía.
A la desesperada, puesto que el poder del dominico era temible, sus enemigos usaron a los franciscanos. Dado que Florencia estaba dividida en revueltas violentas por su causa, un monje de la orden humilde le desafió a una prueba de fuego ante Dios. En un gesto de cobardía que fue su gran error, Savonarola se negó. Esto enfureció a la muchedumbre, y perdió el favor del pueblo. De este modo, fue arrestado, torturado y juzgado. Sus argumentos en defensa propia fueron formidables. Pero no le salvaron de la hoguera en la que su cuerpo fue quemado durante horas, hasta que sólo quedaron unas pocas cenizas que fueron tiradas al río Arno.
Savonarola no estaba equivocado en todo. Era sin duda un hombre extraordinario, para bien o para mal. Publicó varias obras de argumentación impecable en defensa del ascetismo. Sus ataques no eran contra la Iglesia como institución, sino contra el lamentable estado en que se encontraba en su tiempo. Denunció los lujos en una época en que muchos se morían de hambre mientras los nobles coleccionaban joyas. Su gran defecto fue el extremismo que manifestó desde el principio y que acabó llevándole a la crueldad y el fanatismo. Y la gran lección que se desprende de su trágica historia es que en todo hombre ha de haber coherencia entre lo que dice y lo que hace. Muchos de los que dicen defender a los pobres de hoy en día deberían recordarlo.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Negro sobre blanco


No sólo de temas trascendentes vive el mundo. Hablemos del actor cansino por excelencia, el famoso, celebérrimo Will Smith. Ese tipo que canta raps de buen rollo, que va de buen rollo por la vida, que siempre sonríe y está siempre de buen humor. No me interesa la vida personal de nadie, así que la de los actores fíjense, pero detrás de esa mascarada tiene que haber algo. Seguro que los rumores que alguna actriz sembró sobre su comportamiento de divo en esa insulsa serie de Bel Air (repitan conmigo: no mitificaré las series de mi infancia) tienen algo que ver. No desdeñemos alguna que otra estupidez sobre sus consejos sexuales.
Lo que de verdad importa es su filmografía. Will Smith, un actor que hace de la consciencia de su negritud y de su humor blanco las bases esquizoides de su trabajo, siempre hace de sí mismo, un graciosete que de cuando en cuando se pone dramático o bueno. Esa consigna lo ha convertido en uno de los actores mejor pagados del mundo gracias a perlas como Independence Day, las dos de los Bad Boys, las dos Men in Black, o la atrocidad de la araña. En fin, todos pueden consultar la IMDB y hacer balance de la calidad de los proyectos en los que se mete.
Otra virtud (léase entre comillas) del simpatiquísimo negrete (eso valdría para otro personaje, pero ya hablaremos de eso en otra ocasión), es que, con su poder ejecutivo, ya es capaz de dictar los proyectos a su antojo, y el caso es que se ha vuelto especialista en destrozar clásicos de la literatura de ciencia ficción como Yo, Robot y Soy Leyenda. Sí, soy consciente de que Asimov y Matheson no son autores de la talla de Dante, ni falta que les hace, pero no se merecían tan flaco favor con esos dos artefactos que no se parecen en nada a su obra. Algunos de sus proyectos futuros (una precuela de Soy Leyenda, una secuela de Hancock, y una adaptación de Flores para Algernon) son para echarse a temblar.
Siempre hay una excepción, claro está. A falta de ver Ali (los biopics suelen aburrirme mucho), su interpretación más redonda está en En Busca de la Felicidad, una pequeña joya de un tal Muccino donde podemos ver que, si Smith se identifica realmente con su papel, hay esperanza para él. Y aquí lo borda, además la película está bastante bien. Muchos han dicho que es ingenua, o que la identificación de la felicidad con el dinero es simplista. Eso sólo lo dicen los pobres y los necios. Id a cualquier buen barrio de cualquier ciudad, y fijáos en las caras de la gente que está allí. No vivimos en un mundo de sueños, en el mundo real las cosas son como son. Una excepción a la regla que no admite fórmulas: director y actor quisieron repetir la jugada con Siete Almas (poster con la cara gigante del negrete, como en casi todas las suyas), y no les volvió a salir.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Cambio de gustos


Se pueden decir muchas cosas de los años 60. En el campo cinematográfico, agonizante ya la edad de oro, algunos directores presentaron películas que experimentaron con el lenguaje del cine, conscientes de que había que impulsarlo hacia adelante. Pienso en Los Pájaros, 2001, El Ángel Exterminador, Resnais, Antonioni y Godard. Algunas de estas propuestas han quedado un poco empolvadas, pero todas ellas conformaban una especie de modesta revolución. Lo asombroso no es que estas películas fueran posibles, sino la reacción positiva del público ante ellas. En el caso de Hitchcock y Kubrick hablamos de rotundos éxitos. En los demás casos, como mínimo, hablamos de animados debates.
Cuarenta años después, algunos otros realizadores, recogiendo la estela de aquéllos, y conscientes a su vez de que el cine puede ir más allá de lo inventado por Griffith, tratan de dar algunos pasos adelante en la evolución del séptimo arte. Hablo de La Fuente de la Vida, Tideland, Inland Empire, Señales del Futuro, la recién estrenada The Box, o algunas últimas propuestas de Coppola o Kenneth Branagh. La reacción de los espectadores y críticos, incluso en los festivales del ramo, no puede ser más decepcionante. Reaccionan como niños que patalean porque no hay un final feliz. Los críticos miran hacia impostores como Tarantino, Amenábar o Zhang Yhimou, y los espectadores dan a espuertas sus dineros a secuelas de Transformers y Ice Ages.
¿Qué ha pasado exactamente? Profeso el mayor de los respetos al público que paga su entrada. Desde luego, mucho más que a la mayoría de críticos de cine. Pero se trata de una cuestión de olvido, me temo. Para las nuevas generaciones de espectadores, y algunos críticos de nueva hornada, el cine empezó con Star Wars. ¿But is it art? Si hablamos del cine como lo que es, no podemos entender lo que Terry Gilliam o Richard Kelly nos proponen si no conocemos bien lo que les antecede. Un público que va relegando al olvido el cine clásico no está listo para entender el cine moderno. Es como la escuela: si no te sabes el álgebra, te vas a estrellar en las integrales, muchacho, por mucho que las leyes te aprueben. Y los cinéfilos de hoy en día están poco y mal educados.
En todo caso, estimado público, no hay culpa alguna en la falta de cultura, pero sí en la falta de curiosidad. Si acercan sus ojitos a las películas de Fritz Lang, Kenji Mizoguchi, Raoul Walsh o Roberto Rossellini puede que descubran historias y personajes que les lleguen al corazón. Pero si las palabras cine mudo o blanco y negro son sinónimos de aburrimiento para ustedes, mucho me temo que conseguirán, con el gran y respetable poder que les da la mayoría, que el cine se quede siempre en un estado de infancia permanente, por más efectos especiales o gafas de tres dimensiones que se le pongan. Porque la revolución, sencillamente, no está en el disfraz, sino en el contenido. En vuestras manos está entenderlo, y depende de ustedes salvar al cine de ser un sucio negocio y darle la categoría de séptimo arte que se merece.

sábado, 31 de octubre de 2009

Ojos de niño


Tal y como se recoge en el Génesis, la expulsión del paraíso se produjo porque Adán y Eva probaron las manzanas del árbol de la Ciencia. Cabe preguntarse exactamente cuál fue el cambio que produjeron las frutas de ese árbol en los primeros hombres. No me invento nada nuevo al sugerir que perdieron la inocencia y ganaron un nuevo saber que sin embargo no los hizo felices. Más o menos, es lo que les ocurre a los niños cuando crecen, y no es en vano que más de un autor considere la infancia como el paraíso perdido. Yo creo que es un paraíso que, aunque sea con gran esfuerzo, se puede volver a conquistar.
Los niños son criaturas singulares, desde luego muy distintas a sus mayores. No fingen ni aparentan; no juzgan a nadie por su aspecto o por cómo va vestido. Se maravillan siempre por todo porque están descubriendo lo que los mayores damos por hecho. Más importante aún, no discriminan: para ellos no hay cosas mejores ni peores, sino que eligen, simplemente, lo que les gusta. Y sobre todo, no analizan ni critican, porque no se dejan llevar por las ideas de nadie que no sean ellos mismos. No idealizo a los pequeños: sé que pueden ser tristes, egoístas y crueles. Pero cuando sienten esas emociones, al menos no las disfrazan con hipocresía.
Ese ejercicio supremo de soberbia, la exaltación de la razón, es un gigante con pies de barro. A medida que avanzamos en la ciencia, por cada misterio que resolvemos, aparecen dos nuevos, y el vasto Universo se nos muestra como la Hidra de Lerna. La intuición, en cambio, que tanto nos hemos esforzado en enterrar, es harina de otro costal. Todo casado sabe lo imposible que es usar la lógica para ganar una discusión con su mujer, si es que la gana alguna vez. El pensamiento intuitivo da saltos de gigante en montañas en que el juicio analítico avanza como un gusano. Yo me pregunto seriamente de qué sirve un conocimiento que no nos hace alegres.
Buena parte de los mayores genios de nuestra historia mantuvieron una postura infantil ante la vida. Un ejemplo por todos conocido es el de Albert Einstein, que siempre manifestó una actitud de perpetuo asombro ante el Cosmos. Quizás esa personalidad tan peculiar es lo que hizo que fuera tan mal marido y padre. En todo caso, yo apelo al cultivo de la inteligencia como adulto que soy, pero simpatizo más con una inteligencia curiosa que con una que esté llena de datos y prejuicios. Prefiero a una persona que no sepa leer, fascinada ante el misterio de las estrellas, que a un erudito que cree saber tanto que ya no se le ocurre nada que preguntarse.

jueves, 22 de octubre de 2009

Arriba y abajo


Todo estudiante de Ciencias sabe que una inmensa cantidad de fenómenos naturales se rigen bajo una estructura cíclica. El clima atmosférico, la dinámica evolutiva, la órbita de los planetas, la menstruación y la regulación del sueño son unos pocos ejemplos conocidos y representativos. Es muy interesante, pero dejemos a los investigadores ocuparse del tema con sus batas y sus instrumentos. Lo que realmente me intriga es que también hay ciclos en casi todos los procesos sociales, a los que es muy difícil encontrar una explicación en un laboratorio.
Aunque sólo sea por el refranero, recordamos el sueño que un faraón tuvo, y que Jacob interpretó. Siete años de vacas gordas y siete de vacas flacas. Que cada uno le dé a esa historia el crédito que le quiera dar, pero lo cierto es que la actividad económica (que depende de miles de decisiones tomadas por miles de individuos) sigue exactamente la regla. Años de prosperidad, y años de escasez, igual que en la cosecha de Egipto. La actualidad es difícil de interpretar, pero en cualquier caso confirma que no hay gran diferencia entre los tulipanes y las viviendas.
En la famosa obra Julio César de Shakespeare, Bruto afirma que "existe una marea en los asuntos humanos". Por más denodados que sean nuestros esfuerzos, no siempre nos va a ir bien. Todos conocemos las malas y las buenas rachas. Podemos combatir las malas y aprovechar las buenas de acuerdo a nuestro carácter, pero no podemos hacer nada por predecir cuándo van a venir, o por evitar que en ciertos años liguemos como locos y en otros no acuda la abeja a la flor. La tristeza y la alegría se llevan de la mano igual que la Luna y el Sol, y como no todos somos estoicos, estamos sometidos a los caprichos de la rueda de la fortuna.
En el estudio histórico también se dan estos ciclos. La decadencia de Roma empezó justo después de la muerte de Marco Aurelio, uno de sus mejores emperadores. El reinado de Salomón llegó a ser tan espléndido que agotó al pueblo a impuestos, y a la larga condujo a la división. Y cuando la vieja Europa estaba hundida en su hora más oscura, el alba del Renacimiento y la era de las exploraciones la levantaron de forma rotunda y perdurable. Pero Merlín le aconsejó al rey Arturo estar alerta, pues cuando las cosas están mejor, es cuando empiezan a empeorar, y así suele ser.
Tengo una posible explicación para estos ciclos humanos, aunque no pasa de intuitiva. La condición humana funciona por la misma inercia que formuló Newton. El hombre es una criatura luchadora, y de esa lucha salen sus mejores logros. Pero cuando las cosas nos van bien, la euforia nos domina, y tendemos a creer que siempre irán así. Con el disfrute de la recompensa llega la pereza, y de la falta de atención y trabajo vienen las calamidades. "La culpa, querido Bruto, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos", dice Casio en la obra antes mencionada.

martes, 13 de octubre de 2009

Trozos del mañana


Tuve un sueño muy largo y extraño. Como a los antiguos profetas, se me permitió ver el futuro. Vi muchas cosas sorprendentes. Los medios de comunicación eran entes poderosos que creaban la realidad en lugar de narrarla. Los presidentes de las naciones eran hombres vulgares, ridículos y sátiros, escogidos entre lo peor de la raza. Vi como la gente olvidaba cada día lo que había ocurrido el día anterior, viviendo en un presente permanente. La droga circulaba por el aire, y todo el mundo la consumía. La voluntad o la elección eran palabras desaparecidas. Todo el mundo estaba muy contento. Los hombres eran mujeres y eran hombres, o eran las dos cosas. Los niños obligaban a los adultos a que los violaran, y los hijos abofeteaban a los padres. Se había difuminado la frontera entre lo vivo y lo mecánico, los deportistas eran otra especie de seres recambiables. La violencia y el asesinato eran legales dentro de ciertos límites. Nadie leía nada, todo estaba en una pantalla en la que mujeres casi desnudas hablaban de atrocidades. El amor era una puta oriental. Habíamos contactado con los extraterrestres, que eran más inteligentes y corruptos que nosotros, y aprobaban nuestros actos. Los monos hablaban y nos temían, y se habían apartado de nosotros. No había ninguna religión, porque nadie la necesitaba. Bombas de hidrógeno destrozaban la superficie de la Luna. Los ancianos eran exterminados cuando ya no podían trabajar. No había ya diferencias entre lo real y la ficción. La medicina ya no existía, porque todo el mundo estaba sano o muerto. Se veían a algunas personas estar en varios lugares al mismo tiempo. El sexo era la moneda dominante en el mundo entero. Vi ciudades grandes como países, y vi países en los que no vivía nada ni nadie. Vi a personas que nacían y morían sin salir de su casa. La automutilación era la última moda. Naves espaciales llenas de pobres partían cada mañana hacia el Sol. Era un sueño maravilloso, y era tan feliz que al despertar se me saltaron las lágrimas.

viernes, 9 de octubre de 2009

El niño robot


Ahora que se aproxima el fin de una década olvidable, me planteé hacer una lista de mis películas favoritas del periodo, pero me detuvieron dos motivos. El primero, algo abstracto, es que toda lista en el fondo es una estupidez, ya que por muy aficionado que uno sea, no pasa de ahí. El segundo fue el recuerdo de la respuesta de Asimov a cuál era el mejor científico de la Historia, a lo que dijo que si le preguntaran por el segundo, habría muchos aspirantes, pero que no dudaba del primero. Así que en vez de enumerar una ristra de films con los que casi nadie estaría de acuerdo, prefiero explicar por qué una película en particular, Inteligencia Artificial, me parece el mejor logro del séptimo arte en lo que llevamos de siglo, estén de acuerdo o no.
Aunque explicar no es lo que se aplica aquí, yo más bien invitaría a sentir lo que nos propone esta historia, una criatura de Kubrick y Spielberg que recoge lo mejor de ambos mundos. Como podrían escribirse libros enteros, sólo voy a centrarme en dos ideas esenciales en las que quizás antes no había reparado (he escrito sobre esta película unas cuatro veces en sitios distintos, y no quiero repetirme ni ante mí mismo). Para empezar, la historia de David es claramente la historia de cada uno de nosotros, que buscamos sin cesar amor y trascendencia en un mundo que rara vez ofrece alguna de las dos cosas, y casi nunca las dos juntas. En ese sentido, la película es desoladora y cruel hasta las heces.
Para entender esto, y de manera breve, hay que atender a la estructura del relato, organizada con perfección en un prólogo donde se plantea el dilema clave, tres actos que son el paraíso perdido, un paseo por el infierno, y el desengaño de la búsqueda, y un epílogo de falsa consolación que sin embargo ofrece casi todas las claves para entender el guión, de una complicación fascinante. No en vano Jonathan Rosenbaum, el crítico de cine más serio que he leído, la considera una de las cien mejores películas de la historia del cine. Y este crítico, puedo asegurarlo, no es un bloguero aficionado como un humilde servidor u otros con más ínfulas que sesera.
La otra clave para entender A.I. es que todos los personajes de la película usan a David para sus propios fines. Henry lo regala a Monica para salvar un matrimonio donde asoman ya las nubes de la rutina. Monica lo programa para compensar emocionalmente la aparente pérdida de su hijo natural. Martin lo usa como un juguete más. Gigolo Joe lo usa para escapar de su destrucción y sus perseguidores. El Dr. Hobby lo fabricó en serie para sublimar el dolor de la pérdida de su hijo. Y los mechas del epílogo lo usan también, en este caso para aprender lo que fue la humanidad desaparecida. Nadie tiene en cuenta los deseos del pequeño niño robot, que son sencillos: amor y trascendencia, como dije al principio. Pero él es más tozudo y fuerte que todos los demás, y finalmente, con su sacrificio, obtiene ambas cosas.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Espejo catódico


En los créditos iniciales del que probablemente sea el mejor episodio de Family Guy, Stewie atropella con su triciclo a Homer Simpson, y su padre Peter mira al caído y dice "¿Quién coño es éste?". Cuando los Simpson salieron en antena, la gente se hacía cruces por lo políticamente incorrectos que eran, pero ahora, al lado de las nuevas series de animación, cada vez más feroces a tono con los tiempos, la creación de Matt Groening se ha quedado aparentemente corta, aun siendo muy superior a sus hijas en todos los sentidos.
Este aspecto de la cultura del entretenimiento lo retrató muy bien Dan Clowes en su historieta El Futuro, que proféticamente anunciaba unos mass-media cada vez más violentos y libres de censura. Las series de ficción, que son lo único honesto que nos ofrece la televisión, nos muestran personajes despreciables a los que en el fondo admiramos. Nadie soportaría al doctor Gregory House en la realidad, tan distinto del doctor Kildare o del bueno de Marcus Welby. Simpatizamos con un psicópata casi sin sentimientos como Dexter, y a veces nos preocupamos por él.
¿Es la nueva ficción televisiva un retrato de la realidad? No podemos saberlo con certeza, pero quizás el mejor ejemplo de ello sea la serie Mad Men, ambientada en los años 60, la edad de oro de la televisión americana. De hecho, los personajes de Mad Men, ejecutivos publicitarios que sólo se diferencian de un grupo de asesinos por el hecho de que no matan, comentan las series y películas de la época con un cinismo calculado. Si esta extraña joya de la pequeña pantalla hubiera sido hecha en la época que representa, todos sus personajes serían amables y encantadores.
Pero Mad Men no nos muestra cómo eran los 60, sino cómo vemos aquella década en nuestro querido siglo XXI. Lo más intrigante de todo esto es que, con toda probabilidad, los publicistas de entonces eran tan cínicos e inhumanos como Pete Cambell o Roger Sterling, como los mismos agentes de cuentas de hoy en día. Pero entonces ellos veían a los Cartwright, y hoy nosotros los vemos a ellos. La pregunta es si, a medida que se destapan los velos de la censura moral, la ficción televisiva se aproxima más a la realidad. Al fin y al cabo, entonces también estaban Los Intocables, y hoy tenemos a Anatomía de Grey. La creatividad de los responsables tiene mucho que ver a la hora de plantearnos este complejo tema.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Acceso libre


Cuando era joven y pobre, Bernard Shaw dijo con orgullo que poseía la mejor biblioteca que nadie pudiera desear, refiríendose a la del Museo Británico, donde pasaba gran parte de sus días. Hoy cualquiera puede presumir de lo mismo gracias a la Wikipedia. Una vez has agotado todas las maneras de hacer el imbécil en Internet, esta enciclopedia gratuita es una especie de oasis en el desierto. Confieso que, tanto en el entorno laboral como en el doméstico, he pasado muchas horas buceando entre sus contenidos, y sin lugar a dudas es mi sitio predilecto en la Red.
Soy consciente de que han surgido objeciones, un tanto mendaces, sobre la objetividad y la veracidad de sus contenidos. Desconozco el funcionamiento exacto del invento, más allá del hecho de que la contribución es libre, y por tanto también la corrección. Es decir, que si alguien pone una barbaridad, enseguida habrá otro revisándola y corrigiéndola. El sistema funciona muy bien, para sorpresa de algunos. Un análisis independiente comparó su fiabilidad general con la de enciclopedias de prestigio como la Britannica, y encontraron menos fallos proporcionales en la Wikipedia.
En todo caso, si hay errores ocasionales, se producen en los artículos más ligados a la actualidad inmediata, lo que en sí mismo no es nada preocupante, ya que la actualidad misma se revisa y se pone en perspectiva. Pero si buscas información sobre el reinado de Carlos Martel o sobre el mecanismo de acción de los mastocitos, es muy improbable que la información sea incorrecta. Mis objeciones al invento, que las tengo, son de otro jaez. Me preocupa, por ejemplo, que se dedique mucho más espacio a un videojuego cualquiera que a William Faulkner. Entiendo que hoy se valore mucho que una enciclopedia esté al día, pero la Wikipedia no tiene un sistema de prioridades bien establecido para distinguir el conocimiento serio de la frivolidad pasajera.
Mi otra objeción, aunque no ha de entenderse como tal, es la desproporción brutal entre los contenidos en inglés y el resto de idiomas. A mí personalmente no me molesta, pero entiendo que una de las finalidades de la Wikipedia es educativa, y los escolares que la usan no tienen el mismo nivel de información que el que tendrían si conocieran perfectamente el inglés que aún están aprendiendo. Pero hemos de aceptar que, si Internet está en gran medida escrita en inglés, la principal enciclopedia online también lo esté.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Segunda edición


En España se publican muchos más libros de los que jamás podremos leer, es un hecho constatado, y cualquiera puede consultar las cifras. Hay dos consuelos ante ello: que no hay ningún libro que no sea leído por alguien en algún momento, y que la mayor parte de lo que se publica es prescindible para ese alguien. Por ello, no debe preocuparnos lo que se encuentra en las librerías, a la manera hipócrita de Gabriel Zaid, sino lo que no se encuentra en ellas. Y en nuestras librerías hay ausencias significativas. Propongo una lista de títulos que considero de un interés muy superior a su acceso, muchos de ellos anglosajones:

-El Mahabharata y el Ramayana
-El Libro de los Reyes Persa
-Las Mil y una Noches
-Las obras completas de Shakespeare
-La poesía de Goethe
-Las cartas completas de Kafka
-Los artículos de Samuel Johnson
-Los ensayos de Mark Twain
-La poesía completa de Kipling
-Las obras de Bernard Shaw
-Los primeros hombres en la Luna, de Wells
-Las memorias de Casanova
-Los ensayos de Emerson
-Los ensayos de De Quincey
-Decadencia y caída de Roma, de Gibbon
-Las obras de Cansinos Assens
-La prosa histórica de Voltaire
-La poesía de Victor Hugo

Algunas son obras importantes. Hay autores muy mal conocidos en nuestro país: viajar y aprender idiomas sería una solución, pero no olvidemos que el Quijote está traducido al quechua, para hacerse una idea. Debo hacer una aclaración breve con respecto a algunas obras de la lista que sí están editadas, pero muy mal: aunque resulte increíble, no hay ninguna edición de bolsillo de las obras completas de Shakespeare en español, la única traducción completa de la Decadencia y Caída de Gibbon es ilegible y decimonónica, y de las Mil y una Noches no hay ninguna versión intermedia entre lo infantil y lo académico. Es algo lamentable. No he querido hacer una lista exhaustiva, pero estoy seguro de que me he dejado muchos, pero que muchos títulos en el tintero.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Estar de vuelta


De alguna manera, sabemos cuáles son los rasgos distintivos de la salud de una sociedad. Uno de los más inequívocos es el discurso de sus ciudadanos más inteligentes. Voy a presumir que algunos de ellos, o al menos los que tienen una tribuna, están en la prensa escrita. Malo es que los cronistas de una época se dediquen a la alabanza o al silencio, aunque ambas son actitudes ambiguas: los elogios pueden ser legítimos, y el silencio puede ser prudente. De lo que no me cabe duda es que una sociedad está sana cuando estos cronistas son críticos con el estado de las cosas. Si tenemos a quien nos señale nuestros defectos en público, nos cuidaremos de corregirlos.
De un tiempo a esta parte, vengo observando una preocupante tendencia en los columnistas de la prensa. Es una actitud, más bien, y una que me resulta ciertamente repugnante: una mezcla de hedonismo complaciente y cinismo controlado. Es algo que puede verse muy bien, por ejemplo, en los blogs de el mundo, aunque es visible en buena parte de los medios de comunicación. Parece que estos periodistas, entre los cuales se encuentran escritores de cierto renombre, están de vuelta de todo, y ponen su mueca de hastío al mismo tiempo que alardean de haberlo leído, probado y visto todo. En lugar de dirigir sus ingenios a buen fin, se dedican a tenerse en más de lo que son, y a escribir sobre frivolidades, en un tono onanista y bastante cansino.
Mal asunto. Yo siempre he opinado que sólo está de vuelta aquel que no ha ido a ningún sitio. Los seres verdaderamente sabios están permanentemente sorprendidos, o declaradamente irritados ante el aspecto de su mundo. Lo que no están es conformes a sueldo, domados a cambio de su ración de cacahuetes mientras hacen muecas de enfado para diversión del público. Sé que es osado por mi parte comparar a Fernando Sanchez Dragó o a Arturo Pérez Reverte, por decir dos nombres de entre muchos, con monos de feria. Pero como yo no soy nadie estrictamente hablando, puedo decir libremente lo que pienso, y pienso que nuestra sociedad, a juzgar por la calidad de los encargados de la opinión de los diarios, está gravemente enferma.
Las comparaciones son odiosas para el que sale perjudicado por ellas. Yo sólo sé que hubo tiempos en que hombres como Samuel Johnson escribían en periódicos, en que escritores como Kipling o Dickens publicaban en la prensa sus opiniones sobre los acontecimientos, en que Chesterton criticaba la postura de su Gobierno o Mark Twain denunciaba lo que estaba mal en el mundo desde los diarios de a penique. Tiempos en que H.L. Mencken se enfrentaba desde las rotativas a un Roosevelt al que todo el mundo alababa. Ignoro donde están los sabios de nuestro tiempo, que podrían llamarnos la atención sobre tantas cosas, aunque no ignoro que no hay mucho público que quisiera escucharlos, y esa responsabilidad es nuestra y de nadie más.

sábado, 22 de agosto de 2009

Las dos torres


Siempre ha habido entre los cinéfilos y críticos una especie de enfrentamiento, algo ficticio, entre los que defienden a Charles Chaplin y los que están con Buster Keaton. Recordaba el maestro Borges que al fin Góngora y Quevedo eran más similares de lo que admitirían sus respectivos admiradores, y lo mismo puedo decir de estos dos grandes cineastas. A día de hoy, decir esto no supone novedad alguna, ambos fueron grandes directores, y si Chaplin llegó más lejos es porque sorteó el paso al sonoro con fortuna.
Ninguno de ellos fue un gran humorista, sin embargo. Chaplin siempre tendía al melodrama, que era en realidad su género, y aprovechó el sonido para darnos discursos. Keaton planificaba sus gags a la perfección, pero no pudo entender que el humor es más verbal que visual. En todo caso, hay algo triste en él, en ambos: y es que sus personajes son demasiado humanos. Charlot y Pamplinas son hombres como tú y como yo, que buscan amor, o paz, o comida. Eso, como mucho, invita a la sonrisa de conmiseración, pero no a la carcajada, porque no sabemos reírnos de nosotros mismos. Laurel y Hardy, siempre subestimados, entendieron mucho mejor la esencia del verdadero humor.
Un personaje humorístico es un marciano en casa. El Gordo y el Flaco, por ejemplo, no comparten las aspiraciones de los demás. Sólo se entienden entre ellos, como los Hermanos Marx, que fueron humoristas fuera de serie, y que siempre son espectadores en el juego de la ambición o el amor. Por eso son desternillantes hasta en sus peores películas. Los grandes personajes del humor no participan de ese juego, porque su mundo es otro, con sus propias reglas extraterrestres, y la hilaridad surge del conflicto entre su mundo y el nuestro. En eso, el humor se aproxima al género fantástico, e incluso a su aparente opuesto, el género de terror: si Drácula no llevara colmillos, nos mataría de risa.
Chaplin y Keaton fueron dos gigantes del cine, los dos diferentes y parecidos a la vez, los dos cerebrales y sentimentales. Ningún humorista después de ellos podría igualar algunas de las obras que nos dejaron. Sus películas siempre estarán entre lo mejor que ha dado el cine en toda su historia, sin discusión. Sus destinos fueron dispares, pues Chaplin pasó de la pobreza a la riqueza, y Keaton hizo el viaje inverso, acaso más duro. Ambos se encontraron en el camino, y el ejemplo quizás sea esa célebre escena de Candilejas en que actúan juntos, en la que el mensaje, para el que quiera entenderlo, es que los viejos bufones inspiran tristeza.

jueves, 13 de agosto de 2009

No estás solo


Ciudadano, este es un momento único en tu vida. Una oportunidad se abre ante ti, en tu mano está aprovecharla o dejarla pasar. Hasta ahora se te ha permitido la desidia, la pereza y el desinterés por lo que te estaba sucediendo. A partir de ahora, se te juzgará por ello, porque tú mismo serás el juez más severo. Ciudadano, escúchame bien, grábate estas palabras en tus oídos y no las olvides nunca: eres un hombre libre. Y a partir de ahora tendrás que luchar duramente por ello.
Amigo, yo sé bien que las dificultades son grandes, que estás rodeado por un montón de gente que está enferma. No hay virus más terrible que el de la apatía, ni bacteria más contagiosa que la del cinismo. Huye de los apáticos y los cínicos como huirías de los portadores de la muerte, pues no es vida lo que traen estos enfermos de espíritu. No te conformes con leer y meditar: muchos hay que lo hacen y están condenados. Más vale una acción que diez sabias reflexiones, ciudadano libre. Pero como yo no soy hombre de acción, te daré unas pocas motivaciones.
Tú sabes bien lo que es correcto y lo que no, la diferencia entre lo malo y lo bueno. Que nadie te convenza de lo contrario. Y ese nadie abarca a todo el mundo si es necesario. Cuando el mundo aplaudía a César, Catón se clavaba una daga en Útica, y por ello se le recuerda. Los poderosos no pueden decirte lo que has de hacer ni lo que has de pensar. La sociedad de la que formas parte no puede impedirte decir en voz alta lo que piensas. Si tus amigos son contrarios a tu libertad, líbrate de ellos. Nadie puede elegir tu vida por ti, ni los que más te quieren, pues sólo tú sabes lo que te conviene.
Si tu familia, pues, trata de imponerte un modo de vida, corta los lazos y suelta amarras. Que eso se puede hacer sin embarcarse mar adentro, uno puede hacerlo, simplemente, permaneciendo en su sitio. Ciudadano, te lo digo, no estás solo. No esperes que alguien te llame, o que la turba emprenda la acción para seguirla. No necesitas de una invitación para defenderte, lo puedes hacer por ti mismo. Porque nadie está solo en el mundo. ¿Sabes tú cuanta gente ha derramado su sangre para que hayamos llegado a donde estamos? No vamos a perderlo ahora, no seas cobarde ni timorato. No te desanimes, que un solo grito de libertad siempre es oído. Y el valor tiene la virtud de inspirar a los más apocados a actos que ellos mismos no sueñan.
Habla claro al mundo, en tu lengua común, ciudadano y amigo, porque no estás solo. Yo oigo tu voz, no estás en el desierto, te sorprenderás cuando veas que la fuerza de la mayoría no es tan grande como crees si te enfrentas a ella. Deja ya los poemas y las canciones que hablan de héroes, que te enaltecen el corazón y te duermen el alma. Sé tú mismo un héroe, alza tu brazo contra la injusticia, aplasta a la serpiente con gesto decidido, ten el ánimo dispuesto para jugártelo todo, o todo estará perdido. Tu vida vale poco y están contados sus días, así que no los malgastes en tu comodidad de esclavo. No estás solo, porque eres un hombre. Y si eres un hombre, hora es ya de que lo demuestres.

miércoles, 5 de agosto de 2009

El nuevo consumo


Al inicio del magnífico anime "Royal Space Force", el protagonista (a la sazón piloto y futuro astronauta) comenta con agudeza: "Me alegro de ser de clase media, porque no he tenido los problemas de los ricos ni las privaciones de los pobres". Ciertamente, la crisis económica ha acentuado ambas cosas. Quizás no estaría de más aportar algunas reflexiones sobre posibles escenarios futuros. Siempre he sido muy escéptico respecto a la concienciación colectiva, que suele ser un fenómeno de ingeniería social. Pero, aunque no hay situación posible que cambie la naturaleza esencialmente codiciosa de la raza humana, cabe pensar que esa concienciación tiene aspectos positivos.
El acceso libre a la información de perfil medio ha servido, por ejemplo, para extender la idea de que el ser humano está dañando el medio ambiente. Así es, pero no me refiero a la quimera del cambio climático, sino a la desertización, la contaminación marina o la extinción de especies por deforestación. El consumo desmesurado ha contribuído no poco a esta situación. De una novela por otra parte estúpida de John LeCarré aprendí que el afán por las consolas provoca guerras en el Congo. Voy a apretar el acelerador: hay cosas más prescindibles que otras, y en esto la misma tecnología tiene un papel que jugar.
Debiera ser de todo punto obvio que el dinero por sí solo no da la felicidad, pero sin dinero no hay felicidad posible. Dicho esto, lo que hay que decidir es en qué invertir ese dinero. La alegría que proporciona mostrar tu coche nuevo a los vecinos y hacer las comparaciones es muy efímera: todo lo vil dura poco. Mal que me pese, el coleccionismo no nos da mayores conquistas. Parece increíble tener que recordarnos que las cosas son sólo cosas que quedarán cuando estemos enterrados, y que no podremos llevárnoslas. Hoy en día, con el auge de Internet y todo lo que ello conlleva, comprarse un DVD o un disco musical es ya un anacronismo deliberado.
Lo mismo vale con otros artículos. En los años 80 se extendió el fervor por las marcas, tenías que tener un equipo de música más potente, un vestido de Armani, una mejor tarjeta de visita, incluso de niño no eras nadie sin tus Nike Air. Esa absurdez continúa, y conviene no fabular al respecto, pero empieza a cundir entre cierta clase media occidental la idea de que mejor que pagar el seguro de un coche que ya ni te dejan conducir en paz, es irse a la Toscana, cenar en buena compañía, ir a la montaña con los tuyos, abrir los ojos al mundo y descubrir que siempre estuvo ahí. El tiempo, y lo que haces con él, debe dirigir los nuevos hábitos de consumo hacia un espacio algo más razonable.

domingo, 26 de julio de 2009

Sobre el azar


Uno debería salir a la calle bien armado con una moneda en el bolsillo derecho y un dado de doce caras, como los que se usan en los juegos de rol, en el izquierdo. Uno de los villanos más interesantes de Batman, Dos Caras, basa toda su vida criminal en la suerte. El asesinato, en este villano esquizoide, depende de lo que diga la moneda, te mataré si sale cara, vivirás si sale cruz. Es la versión más extrema e inmediata del tema en cuestión. Pero gran parte de nuestros actos contienen o dependen de variables que escapan a nuestro control: no sabemos realmente cual será el mejor plato del menú, ni qué mujer será la mejor para nuestras vidas, ni qué profesión será la que mejor se adapte a nuestras verdaderas capacidades. Solemos usar la intuición personal o el consejo de los demás, y como es natural, nos equivocamos a menudo.
Tenemos escaso dominio sobre los principales factores de nuestras vidas. No elegimos cuándo, ni dónde nacemos, y de ello se deduce que no elegimos a nuestra familia ni nuestras circunstancias de partida en la carrera. Los amigos que vamos a tener en la vida, una elección que suponemos nuestra, estarán forzosamente limitados, al menos hasta la madurez, a la zona geográfica de residencia. Por lo que se refiere a la pareja, allí donde los matrimonios de conveniencia son aceptados socialmente, como en la India, hay más felicidad para los individuos. Seamos realistas: si un hombre fuera Adán, no sería muy exigente con su Eva, y acabaría amándola por muchos defectos que tuviera. No busquemos la perfección, siendo nosotros mismos imperfectos, sino un acuerdo de beneficio mutuo.
Los adivinadores usan las mismas herramientas de los juegos de azar: naipes y runas que caen como dados. Por mucho que crean saber sobre nuestros destinos, no paran de barajar sus cartas. La lotería es una metáfora del éxito en esta sociedad moderna en que aparecer en televisión o vender más libros que los demás depende de muchas cosas menos del mérito personal. Como bien dice el Eclesiastés en 9,11 “no es de los más fuertes la guerra, ni de los más ligeros la carrera”. Hemos de inculcar a los pequeños que el esfuerzo da sus frutos, pero la fortuna influye no poco en la cosecha, mientras no aprendamos a controlar las tormentas. Poco es lo que depende exclusivamente de nosotros, y el orden que pretendemos establecer es sólo una combinación posible, y no necesariamente la más eficaz. Es presumible suponer, pues, que las decisiones tomadas por azar den un resultado igual o mejor que el que conseguimos eligiendo en base a nuestra supuesta sapiencia.

miércoles, 15 de julio de 2009

Lejos del verano


Lo mejor es desconectar. Apaga la televisión, no dejes que los diarios lleguen al buzón, cierra las ventanas, lárgate. La fuente de toda la vida es el Sol, pero el exceso de Sol achicharra la vida inteligente. Estoy seguro de que hay países donde el calor vuelve loco a todo el mundo, no voy a mencionar los que se me ocurren, porque alguno se ofendería. El Verano es un desierto que uno ha de atravesar para llegar al dorado Otoño, que es cuando empiezan a ocurrir cosas. Pero queda tanto aún para eso, y no me gustan las playas, no me gustan las casas en la montaña, no me interesan las ferias, ni las fiestas, ni los chismorreos, ni las visitas inesperadas que sirven de espejo a mi aburrimiento.
Lo mejor es escapar. Irse a un sitio desconocido y maravilloso donde todas las cosas estén al revés, donde haya frío, o aún más calor, donde puedas echarte de menos. Pero desde que se inventaron los aviones y los hoteles baratos, no hay donde escapar, todos los sitios son más o menos iguales, por mucho que las revistas de turismo muestren diferencias ilusorias. Me gustaría encontrar un lugar no pisado antes por el hombre blanco. Quizás Gauguin encontró en Polinesia lo que yo ando buscando. Un lugar donde las cosas sean simples, y las buenas gentes, en su ingenuidad, entiendan a la primera lo que necesitas y te lo den sin malinterpretarte. Donde respetes y seas respetado.
Un país de casitas pequeñas perdidas en una selva en la que si te adentras encuentras los restos de una antigua civilización que se destruyó hace muchas generaciones, por su codicia y falta de miras, porque los hombres de los que sólo quedan sus ruinas despreciaban el valor de los árboles, el aire puro, los cantos de los animales, la bondad, la dicha de estar vivos en armonía con un universo que bastante tiene con quitarte poco a poco todo aquello que crees tener. Descubrir que esa civilización es la tuya, que todo nace y muere, que la Tierra es más antigua y sabia que el hombre, que tu misión en la vida es convivir y conformarte con poco, porque todo lo demás es soberbia. Mirar las colinas lejanas, mirar el cielo infinito, ver con tus ojos las distancias que no has de cruzar, y de repente, sentir el antiguo picor. Y por mucho que te cueste, volver.

lunes, 6 de julio de 2009

Mercadotecnia


Esperaba con ansia la entrevista a Olivier Wolff, vicepresidente de Warner Home Video en Europa, por parte de una conocida web sobre el mercado del DVD. No es para menos, porque sus palabras no tienen desperdicio alguno. Me limitaré a señalar las cosas que más me han llamado la atención. Para empezar, este francés bien comido afirma sin rubor que las descargas digitales de películas no desbancarán al soporte físico en unos 15 años. Más quisieras tú, profeta, aunque insistas en lo del ansia coleccionista. Fíjense en unas palabras que fluyen de su boca como el agua de una fuente: las ventas, que para él lo justifican todo. Por pocas ventas no sacamos más temporadas de Babylon 5, y The Wire (que todo Cristo se baja por Internet) hasta el 2010 no continuamos. Las ventas impiden que en la pobre España se traigan clásicos que están en Estados Unidos, que se editen los Looney Tunes como Dios manda, que se subtitulen comentarios. No hay mercado, dice el señor Wolff. Y yo le digo: no había mercado para los teléfonos móviles, los mercados se crean, señor mío, eso lo sabe usted pero es un cínico redomado que busca el beneficio fácil. ¿Para qué subtitular comentarios, si la gente es tonta y va a comprar las películas igual, y lo malo es que tiene razón?
Este tío es capaz de justificar que algunas películas de Hitchcock vengan sin subtítulos en español. Es que es difícil, dice sin rubor. Para él, un DVD sin subtítulos es una edición que no está "en condiciones absolutamente perfectas". No señor, eso es una cochambre que si la regalas es para que te la tiren en tus mofletes. Lo de los audiocomentarios es de traca y pandereta: no los subtitulan porque quien tiene interés ya sabe el inglés suficiente. No sabía yo que cualquiera mínimamente interesado en el cine (como él, un gran amante del séptimo arte, pongan risas enlatadas), tenga que saber inglés oral a nivel fluido. Una deducción tan impresionante que ni miss Marple sería capaz.
Eso sí, vamos a sacar Blu-rays a mansalva. Pero no de películas modernas, eso ya viene de recibo. ¡De las antiguas! O sea, que se van a ver en el pantallón de plasma como no las vieron en el cine nuestros abuelos. Eso me suena a lo que hace Disney con algunos de sus títulos, que le cambian los colores para que sean más modernos. La palabra mercado (para él, el cine es eso, un mercado de estafadores) es sagrada para el afrancesado, y los costes y las ventas. Pero es tan generoso que regala películas, como él dice, y luego no se lo agradecen. Pobrecito, que va a llorar y todo, con lo que se entrega al público ingrato que lo ha hecho rico, gordo y medio imbécil. Lo que tendría que hacer una empresa como Warner es dimitir a este mamarracho, pero como venden igual, se queda. Hasta que a la gente se le inflen las bolsas escrotales, claro. Cosa que en tiempos de crisis, es más que probable.

jueves, 2 de julio de 2009

Afán de vivir


—Nada de eso —exclamó Iván con calor—. Por el contrario, veo en ello una sorprendente coincidencia. Desde nuestra entrevista de esta mañana, sólo pienso en la candidez de mis veintitrés años, y ahora esto es lo primero que me dices, como si hubieras adivinado mi pensamiento. ¿Sabes lo que me estaba diciendo hace un instante? Que si hubiera perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal y estuviera convencido de que este mundo no es sino un caos infernal y maldito, por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo. Después de haber gustado el elixir de la vida, no dejaría la copa hasta haberla apurado. A los treinta años, es posible que me hubiera arrepentido, aunque no la hubiera apurado del todo, y entonces no sabría qué hacer. Pero estoy seguro de que hasta ese momento triunfaría de todos los obstáculos: desencanto, desamor a la vida y otros motivos de desaliento. Me he preguntado más de una vez si existe un sentimiento de desesperación lo bastante fuerte para vencer en mí este insaciable deseo de vivir, tal vez deleznable, y mi opinión es que no lo hay, ni lo habrá, por lo menos hasta que tenga treinta años. Ciertos moralistas desharrapados y tuberculosos, sobre todo los poetas, califican de vil esta sed de vida. Este afán de vivir a toda costa es un rasgo característico de los Karamazov, y tú también lo sientes; ¿pero por qué ha de ser vil? Todavía hay mucha fuerza centrípeta en el planeta, Aliocha. Uno quiere vivir y yo vivo incluso a despecho de la lógica. No creo en el orden universal, pero adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul, y quiero a ciertas personas no sé por qué. Admiro el heroísmo; ya hace tiempo que no creo en él, pero te sigo admirando por costumbre... Mira, ya te traen la sopa de pescado. Buen provecho. Aquí la hacen muy bien... Oye, Aliocha: quiero viajar por Europa. Sé que sólo encontraré un cementerio, pero qué cementerio tan sugeridor. En él reposan ilustres muertos; cada una de sus losas nos habla de una vida llena de noble ardor, de una fe ciega en el propio ideal, de una lucha por la verdad y la ciencia. Caeré de rodillas ante esas piedras y las besaré llorando, íntimamente convencido de hallarme en un cementerio y nada más que en un cementerio. Mis lágrimas no serán de desesperación, sino de felicidad. Mi propia ternura me embriaga. Adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul. La inteligencia y la lógica no desempeñan en esto ningún papel. Es el corazón el que ama..., es el vientre... Amamos las primeras fuerzas de nuestra juventud... ¿Entiendes algo de este galimatías, Aliocha? —terminó con una carcajada.

Fiódor Dostoievski, Los Hermanos Karamazov (1880)

jueves, 25 de junio de 2009

Vientos de cambio


No es sencillo analizar lo que está pasando en Irán ahora mismo. Las complejidades de Oriente Medio siempre nos han desbordado a los occidentales, que rara vez nos movemos con fluidez más allá del ámbito local. Pero es importante hacerse eco de ello, porque tiene una cierta trascendencia histórica, en un país que no carece precisamente de ella.
Siempre he pensado que las personas tienen todo el derecho del mundo a elegir su infelicidad: cuando estás en dictadura, la infelicidad te viene impuesta y no la eliges. En Irán ha habido elecciones recientemente, pero no precisamente muy democráticas. De todos modos, la diferencia de votos entre Mahmud Ahmadineyad y Hossein Mossavi es lo suficientemente amplia como para justificar la victoria del primero. Ha habido fraude, pero no puede ser tan amplio.
No hay que engañarse: en lo esencial, los dos políticos comparten un mismo ideario, al menos en algunos asuntos determinantes en la zona. Se ha dicho que Israel quería a Ahmadineyad en el poder, con todo tipo de connotaciones acusatorias. La alta política se presupone libre de pasiones: Israel ya se siente bastante solo como para lidiar con un Irán que desea su exterminio con guantes de seda. Al malo, mejor identificarlo claramente.
No es de subestimar el papel que el extraño discurso de Obama en El Cairo ha jugado en todo esto: por un lado, abre las puertas al diálogo con el mundo islámico que Irán representa, y por otro reprocha oficialmente a Israel su política de asentamientos. No fue muy oportuno hacer estas declaraciones justo antes de unas elecciones en el país que quiere armarse nuclearmente en el plazo más breve posible. Si a eso añadimos que la sociedad civil iraní es una de las más modernas de los países musulmanes, una sociedad de ciudadanos anhelantes de apertura, tenemos el complicado panorama que se nos muestra.
Musavi ha jugado sus cartas. Aunque es presumible que perderá el pulso (Jamenei ya se ha pronunciado), la represión brutal del régimen a la población que se subleva juega a su favor, y lo sabe. El papel de Europa o de España aquí, absolutamente inane, coincide con el rol pasivo que Estados Unidos ha asumido, estando el gabinete prisionero de las palabras del presidente, que no puede apoyar a uno o a otro después de abrazar al régimen en su conjunto. Algún día, la democracia real llegará a Irán: es una pena, en todo caso, que las sociedades occidentales, así como sus iconos mediáticos, no puedan o no quieran ayudar al respecto.

viernes, 19 de junio de 2009

Noticias frescas


Le ha costado lo suyo admitirlo, pero finalmente Rupert Murdoch ha declarado que en un plazo breve la prensa escrita de papel desaparecerá. Lo bueno que tienen las crisis es que aceleran cambios que eran necesarios. La verdad es que ante la inmediatez y capacidad de Internet a la hora de ofrecer noticias, los periódicos de papel y las rotativas empiezan a parecer arcaísmos. Uno de los usos más universales de la Red es la oferta de noticias: es lo primero que hacemos antes de trabajar, mirar algún diario electrónico para ver qué ha pasado. Otra cosa es la importancia de lo ocurrido, o la necesidad de asimilar tantos sucesos inútiles, pero ese es un debate que no toca aquí.
En Estados Unidos ha cerrado ya la versión en papel del Rocky Mountain News, y el Philadelphia Inquirer está prácticamente en la bancarrota. El primero tiene 150 años de antigüedad y el segundo fue fundado en 1829. La situación general de la prensa escrita, en el país que mejor simboliza su poder, es bastante precaria. Solo que allí no se les ocurre pedir ayuda al Estado a costa del dinero ciudadano, a diferencia de aquí, donde gerifaltes multimillonarios que venderían a su madre lloran al Estado para que les dé nuestro dinero. Y sin embargo las cosas no son mejores en España: menos publicidad, menos ingresos. La gente ya no está interesada ni siquiera en los gratuitos (cosa que no me extraña, sólo ofrecen información basura). Hoy el mundo está a dos clicks de distancia.
Yo cuando leo las versiones digitales del Washington Post o el New York Times no me voy a encontrar diferencias significativas con sus versiones en papel: noticias abundantes de todos los rincones del mundo, análisis rigurosos y opiniones fundamentadas. En Iberia Inc. la cosa es más complicada: a pesar de que algunas versiones digitales están bastante bien diseñadas, la oferta de contenidos se centra mucho en lo frívolo y lo insustancial. Se supone que esa diferencia debería justificar la tala de árboles y el gasto de papel masivo que supone mantener los caducos periódicos de papel. Pero los periodistas (que a veces son las prostitutas de la literatura) se han olvidado de los blogs, que hacen la labor de análisis que ellos no quieren hacer.
La infraestructura necesaria para hacer un periódico digital es mucho más reducida que la necesaria para mantener un monstruo de quiosco. Hay periódicos digitales muy buenos, que quizás porque nadie les debe favores, están luchando por su supervivencia, mientras los dinosaurios siguen poblando una Tierra en la que hace tiempo que cayó el meteorito. Todo esto tiene mucho que ver con la libertad de prensa y esas cosas con las que muchos voceros se inflan la boca sin conocer exactamente aquello de lo que están hablando. Yo he dicho al respecto lo que tenía que decir, y he elaborado este breve nota consultando, cuando lo he necesitado, prensa de Internet para respaldar los links y mi información. Si tuviera que hacerlo de otro modo, me llevaría por lo menos una semana.

viernes, 12 de junio de 2009

Alien Nación

No contesto nada, perdido en mi laberinto privado, y pienso en otras cosas: mandamientos de pagos, ofertas de valores, ESOPs, LBOs, IPOs, financiaciones, refinanciaciones, obligaciones, apropiaciones, poderes, 8–Ks, 10–Qs, bonos basura. PiKs, GNPs, el IMF, multimillonarios, Kenkichi Nakajima, infinidad, infinidad, hasta dónde podría llegar el lujo, finanzas, si cancelar mi suscripción a The Economist, el día de Nochebuena de cuando yo tenía catorce años y había violado a una de nuestras criadas, inclusividad, envidiar la vida de alguien, si es posible sobrevivir a una fractura de cráneo, esperas en aeropuertos, contener un grito, tarjetas de crédito y pasaportes y un sobre de cerillas de La Cúte Basque salpicadas de sangre, superficie, superficie, superficie, un Rolls es un Rolls es un Rolls. Para Evelyn nuestra relación es amarilla y azul, pero para mí es un sitio gris, a oscuras en su mayor parte, bombardeado, las secuencias de la película del interior de mi cabeza son constantes fotogramas de piedras y todos los idiomas que se oyen resultan totalmente desconocidos, el sonido se va y viene sobre nuevas imágenes: sangre que sale de cajeros automáticos, mujeres que dan a luz por el culo, fetos congelados o perturbados (¿qué es eso?), cabezas nucleares, miles de millones de dólares, la destrucción total del mundo, una persona apaleada, otra persona que muere, a veces sin sangrar, con mayor frecuencia por disparos de fusil, asesinatos, estados de coma, la vida vivida como un serial, un lienzo en blanco que se convierte por sí solo en un serial. Esto es una celda de castigo que sólo sirve para revelar mi propia capacidad para sentir severamente deteriorada. Yo estoy en el centro, fuera de tiempo y lugar, y sin nadie que me identifique. De repente imagino el esqueleto de Evelyn, retorcido y acurrucado, y eso me llena de alegría. Me lleva mucho tiempo responder a su pregunta –¿adónde vas?–, pero después de un sorbo de oporto y de la cerveza seca, despertando, le digo, al tiempo que me pregunto: «¿Si fuera un autómata de verdad qué diferencia habría?»

Bret Easton Ellis, American Psycho (1991)


miércoles, 10 de junio de 2009

Bajo las ruedas


Nunca antes una serie de decisiones desafortunadas, cuando no directamente absurdas, se habían conjurado todas juntas para intentar acabar con un deporte tan poderoso como es la Fórmula Uno. No creo que fueran necesarios tantos desatinos, porque la crisis económica ya estaba golpeando duro, en patrocinadores, número de espectadores y sueldos varios, a uno de los deportes más elitistas y onerosos del mundo. Hasta el punto de que uno de los veteranos, Honda, anunció su retirada el 5 de diciembre de 2008. Y aqui empieza el escándalo.
Diversos capitostes manifestaron la intención de comprar la escudería para salvarla y remodelarla. Lo que no consigo entender es cómo consiguió Ross Brawn (ex director técnico de Ferrari y jefe de Honda) comprar el equipo por una miserable libra esterlina. A este brillante ingeniero se le ocurre entonces una idea genial: modificar la forma y el tamaño de los difusores (piezas traseras del coche que incrementan la aerodinámica y la adherencia) aprovechándose de un vacío legal en la normativa de la FIA.
Los resultados son espectaculares: una escudería nueva, basada en diseños antiguos, es ahora mismo la número uno, con una diferencia tal que las victorias de su primer piloto, Jenson Button, se han convertido en rutina. Y la rutina es aburrida en un deporte de alta competición. Primer gran error, no de Brawn, sino del gran protagonista en la sombra, el jefe de la FIA, Max Mosley, que parece más preocupado en montarse orgías filonazis con sus chicas que en salvar la cara de la competición que dirige. Mosley decidió no intervenir en el tema de los difusores.
La FIA, no contenta con esto, se saca de la manga que en el 2010 el sistema de clasificación por puntos favorecerá sólo a los pilotos que más victorias consigan, en lugar de a los más regulares. Un completo disparate que ha hecho que escuderías como McLaren o (peligro) Ferrari levanten el grito en el cielo. A fecha de hoy ambas han firmado para la temporada siguiente, y la implantación de la nueva clasificación está en suspenso. Pero poco ha faltado para que la competición se fuera directamente a la mierda.
Yo pienso, como Fernando Alonso ha manifestado sin rubor, que el coche influye mucho. Y como influye tanto, lo mejor sería darles a todos los pilotos de Fórmula Uno un mismo coche (un Ferrari con 25 difusores, a ser posible), para que se demuestre realmente quién es el mejor piloto en una especie de carrera de la muerte 2000. Seamos serios: lo mejor para este deporte tan entretenido es echar a Max Mosley de su puesto millonario y poner a una cabeza bastante mejor amueblada.

miércoles, 3 de junio de 2009

Holmes en pantalla


Sherlock Holmes comparte con Drácula, y en menor medida con Tarzán, una capacidad icónica que trasciende cualquier intento de explicación. De Holmes hay unas 200 películas filmadas y varias series de TV, y yo sólo voy a comentar las que conozco. Empecemos con una modélica versión de El Perro de los Baskerville filmada por Terence Fisher para la Hammer con Peter Cushing como protagonista. He de decir al respecto que es una versión fiel y atmosférica, de aire fantástico, y con el intérprete idóneo.
No soy un admirador del ciclo de films de Holmes que tuvo a Basil Rathbone y a Nigel Bruce como protagonistas: les concedo el encanto, pero también el defecto de ser antiguos, y por otra parte no dejan de ser pastiches bien elaborados, que hacen las delicias de la crítica cinematográfica, pero irritan al buen lector de Conan Doyle. Hay una película que enfrenta al investigador con Jack el Destripador que está bastante bien, Asesinato por Decreto, con Christopher Plummer y James Mason al frente. La variación es interesante, yo no tengo dudas de que Jack hubiera caído en manos de la justicia caso de que Scotland Yard hubiera tenido a gente verdaderamente competente, y lo siento por Fred Abberline.
La gran obra maestra es quizás la más cruel. La Vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder, le da un varapalo realmente duro al mito, pero entre líneas puede verse el enorme cariño que el director le tiene al personaje. Un análisis de esta maravilla excedería el límite que quiero imponerme en esta nota. Sólo he de añadir que admiro el trabajo de Robert Stephens como Holmes, que le da el toque melancólico exacto, y que la música de Miklos Rozsa es inenarrable.
Sin embargo, el gran actor Holmesiano es el televisivo Jeremy Brett. La serie televisiva de Granada Television es, a mi entender, la perfecta traslación de la obra policiaca de Conan Doyle al terreno audiovisual. Brett añade a una fisonomía aventajada (y trabajada) unos manierismos que casan perfectamente con Holmes: la identificación es absoluta. Los episodios de la serie, que recorren casi la totalidad del ciclo, recogen con escrupulosa fidelidad y ambientación británica las múltiples sugerencias del material original. Y Edward Hardwicke es asimismo el Watson idóneo.
Hay una interesante serie animada a cargo del gran Hayao Miyazaki, con Holmes como sabueso. Demasiado centrada en Moriarty, goza de una animación notable, aunque superada por esa pequeña gema de la Disney, Basil el Superdetective Ratón, rodada por los directores de la futura Tiana y el Sapo (ahí queda eso de las traducciones). Y para concluir, no está de más revisitar El Secreto de la Pirámide, una mediana pero resultona hipótesis sobre la juventud de Holmes y su amigo Watson, con efectos especiales por ordenador y todo. Mejor no hablo de la próxima versión de Guy Ritchie sobre el tema, con Robert Downey y Jude Law. Para echarse a temblar.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Sherlock Holmes


Mi propósito es discernir las causas de la inmensa y perenne popularidad de Sherlock Holmes entre los lectores del mundo entero. Sabido es que Poe inventó el género policial, pero su magnífico Auguste Dupin carece de una personalidad definida. Ese es muy probablemente el triunfo de Holmes: nos encontramos con un ser humano con sus virtudes y defectos. El detective de Baker Street es un tipo misógino, con tendencia a la melancolía, consumidor de cocaína, amante del violín y la ciudad, y no rehúye los disfraces ni el combate físico si es necesario. Estos rasgos huraños lo hacen querible, de modo que el doctor Watson, más virtuoso, nos contagia de su afecto por él.
Sherlock Holmes es, además, el detective por antonomasia. Salvo en casos realmente excepcionales, sólo precisa de las páginas de un cuento para resolver enigmas de cualquier índole, mientras Poirot o Miss Marple rara vez descienden de la extensión de la novela. Borges desdeñó ocasionalmente los métodos científicos de Holmes en favor de la intuición psicológica del Padre Brown, pero en algunos de los cuentos más tardíos del personaje, también se incluye la observación social, e incluso a veces se roza el terror. Todas las modalidades del crimen clásico (el cuarto cerrado, la suplantación de la personalidad, los mensajes crípticos, el crimen salvajemente pasional) están presentes en los cuentos y las novelas de Arthur Conan Doyle, un autor superdotado, injustamente eclipsado por su criatura.
Hay apuntes de alta literatura además. Las historias de Sherlock Holmes están narradas por el doctor Watson. Sin embargo, su colega investigador pone en duda la objetividad del buen doctor en numerosas ocasiones, acusándolo de adornar los casos en que participan, de modo que está ejerciendo de crítico de sus propias narraciones. De hecho, es posible que Watson sea efectivamente un narrador subjetivo o parcial, puesto que la cronología de la saga es cuando menos confusa. Por otro lado, hay en el gran enemigo de Holmes, el profesor Moriarty, algo de oscuro döppelganger del detective, hijo quizás de sus adicciones, ya que nadie, aparte de Holmes, parece conocerlo o verle claramente.
Sin embargo, a mí personalmente las historias de Holmes me conmueven por otro rasgo particular: la amistad sincera e improbable que el huraño sabueso y el doctor colonial se profesan, y que se manifiesta menos en declaraciones hipócritas que en gestos decididos. En los momentos más delicados y cruciales, Sherlock se preocupa genuinamente por el doctor, y Watson no duda jamás en seguir a su compañero en sus muchas aventuras, en cualquier momento y circunstancia. La amistad verdadera es siempre infrecuente, y ese canto a esta gran virtud humana es, sospecho, una de las bases de la inmortalidad de Holmes y Watson, que seguirán cazando al perro de los Baskerville en los pantanos de la eternidad.

miércoles, 20 de mayo de 2009

No Future


La verdad es que no soy una persona excesivamente musical, al menos en esta etapa de mi vida. Pero no voy a hablar de mí más allá del hecho obvio de que no puedo hablar de otra cosa. El caso es que cuando pienso en un género tan popular como el rock pienso en cómo Charlie Parker robaba el saxofón de un músico rival que tocaba precisamente rock y lo soplaba de modo compulsivo "para ver si aún afina", en brillante escena de la (esta sí) obra maestra de Clint Eastwood. Pienso en una repetitiva y resultona derivación del blues, que ocasionalmente, en épocas muy concretas, ha dado artistas de renombre.
En el pasado, claro está. El rock and roll nació como expresión de una rebeldía, y no consigo ver, en estos años recientes, a ningún músico o grupo del género que tengan nada que ver con eso. El tremendo éxito de los conciertos de U2, Bruce Springsteen, REM o Bob Dylan no hace más que constatar que no hay quien reemplace el ideario de esos músicos ya crepusculares. Musicalmente tampoco, por supuesto. Que me dicen Coldplay, yo digo los Who. Que me dicen Radiohead, yo digo Kraftwerk. Me ponen canciones de los Oasis o de Eminem, yo pienso en Jimmy Hendrix, o en Led Zeppelin, o en los Sex Pistols. Y no hay color.
La última buena época fueron los 90 en su primera mitad, hasta que llegó Green Day, es decir, la época del Grunge y la explosión de sonido furioso que le siguió, culminando ya en su decadencia con los NIN y Marilyn Manson. Después de eso, el vacío, y yo mismo desconecté del rock y del roll. Porque si un sentido tiene esta expresión musical es la transgresión: letras que denuncian la situación del mundo, canciones de desgarro amoroso entre riffs brutales, o baladas pop llenas de contenido como las de Michael Jackson, Genesis o Elvis Costello. Ahora sólo queda el esqueleto desnudo de un fósil extinto, y las tribus bailando alrededor.
Por otra parte, hay algo animal, inquietante, en los conciertos en directo. He ido a unos cuantos, y más me vale haber bebido cierta cantidad de alcohol, porque me parece extraño que un tipo con una guitarra pueda arrastrar a las masas de un modo tan hipnótico a un estado lindante con el frenesí. Puede que sea una deficiencia mía pensar más que sentir, pero a veces se me ocurre qué pasaría si un pobre aficionado le diera sin querer con una lata en la cara al celebrity que está tocando en ese momento. Quizás la multitud de fans enloquecidos lo despedazarían como hacen con Grenouille al final de la novela El Perfume.