jueves, 22 de abril de 2010

Informe de psiquiatra


El paciente muestra alegría con los triunfos ajenos, y le interesa más la vida de gente que no conoce que la suya propia. El paciente ha llegado a celebrar los ascensos o victorias de personas con los que él nunca podría tener contacto como si fueran propias. Los problemas de esas personas, muy pequeños en comparación con los que tiene nuestro enfermo, le preocupan realmente más que los suyos propios.
El paciente presenta un cuadro de incomunicación general. Es incapaz de establecer verdadero contacto con los que le rodean, la conversación con otra persona le aterra, el contacto físico con los demás le resulta imposible. Sin embargo, el enfermo manifiesta una cierta capacidad de comunicación cuando usa máquinas como elemento sustitutorio. Cuanto más lejos esté el usuario al otro lado de la pantalla, más expresivo se muestra el paciente.
De resultas de este cuadro de autismo latente, el paciente muestra una pirámide inversa en el inevitable trato social. Lo expondré de un modo gráfico para aclararnos: el enfermo ama a los animales, es muy amable con desconocidos, receloso con conocidos o compañeros de trabajo, desdeñoso con sus amigos, y cruel con sus seres queridos. El paciente maltrata psíquica o incluso físicamente a su familia, y es especialmente agresivo con los miembros de ésta que más afecto y cariño le muestran.
El paciente no tiene ideas, opiniones o percepciones propias. Dice lo que otros dicen, ve lo que otros ven, y piensa lo que piensan los demás. Este curioso síntoma es proporcional a la cantidad de personas que mantienen una opinión. Hicimos un experimento con nuestro enfermo, mostrándole un rebaño de ovejas, y le enseñamos un artículo de periódico falso con una encuesta en la que la mayoría decía que las ovejas eran negras. Le preguntamos cuál era el color de los animales, y nos dijo que eran negras.
Firma el doctor Swift. Firme usted como paciente.

jueves, 15 de abril de 2010

La falsa noche


Una de las misconceptions más divulgadas en el mundillo académico, especialmente por esos profesores y catedráticos que llevan El País bajo el brazo, es que con la caída de Roma y la llegada del Cristianismo, se entró en una edad oscura en la que ningún avance científico era posible. Hace ya tiempo que los historiadores de la Ciencia han demostrado la falacia de tales afirmaciones, pero me gustaría aportar mi grano de arena sobre el tema, en estos tiempos mistificados.
La separación entre épocas es arbitraria y no resiste un análisis siquiera somero. Las etiquetas de Edad Media y Renacimiento son subjetivas, en el sentido en que la historia es un continuo. Las eras no empiezan ni acaban con la caída de las ciudades. Al fin y al cabo, todos los grandes científicos y descubridores que, según los cientifistas acérrimos como Sagan o Dawkins, iluminaron el mundo en la nueva época de la razón (pongamos por caso a Kepler, o a Copérnico), eran sacerdotes.
No está de más recordar que el conocimiento necesita estructuras. Y fue la Iglesia misma la que inventó las universidades como uniones o comunidades de pensamiento a la manera de la antigua Grecia. En esas universidades, profesores eclesiásticos a la manera del Guillermo de Baskerville de Umberto Eco, impartían sus enseñanzas con cierto grado de libertad. No era Cristo la piedra a romper, sino Aristóteles, y ni aun este, pues el estudio y comentario de su discutible autoridad, así como la de otros clásicos, creó el fermento de la razón que florecería después.
Es cierto que los científicos árabes realizaron grandes hallazgos en comparación a nosotros. Es cierto que cuando Marco Polo viajó a China, descubrió una civilización superior a la pobre Europa de entonces, sometida por el clero. La pregunta crucial es por qué en un pequeño continente, empobrecido por guerras sin fin, la peste negra y un clima terrible se produjo el esplendor artístico, el auge de las ciencias, la época de los descubrimientos, y, posteriormente y con exclusividad, la revolución científica.
Si la religión fue tan opresora en Europa, no entiendo por qué las civilizaciones orientales, con religiones mucho más benevolentes, no consiguieron lo mismo. Ni por qué el Islam, que tanta ventaja nos llevaba, se fue quedando anclado en sus férreas estructuras teocráticas. La Iglesia Romana, la misma que inventó el gótico, promueve dos valores fundamentales para el estudio: la paciencia y la disciplina. Cuando Colón fue a Salamanca, sus frailes ya sabían que la Tierra era redonda, y sus cálculos eran mejores.

domingo, 11 de abril de 2010

La cuarta fase


Desde que la vistosa tontería de Avatar ha roto todos los récords de taquilla, hemos entrado en una furia de titanes para ver quién emite más películas en tres dimensiones en este país de las maravillas donde todos somos Alicia. Una película que cambie el rumbo técnico del cine no tiene por qué ser memorable: El Cantor de Jazz es insoportable, y La Túnica Sagrada es una de las películas más aburridas que te pueden colar en una larga Semana Santa.
El poeta Píndaro proclamó sensatamente que a nadie le estaba dado ver el porvenir, y desde luego no puedo decir si el retorno de las tres dimensiones al cine (en los 50 tuvo un breve apogeo) está aquí para quedarse. La tecnología está muy perfeccionada, y tras lo visto en ciertas trilogías, parece una progresión lógica en la evolución del cine, olvidándonos, claro está, del factor artístico. Eliminemos un factor que a nadie le importa en esta ecuación.
Si hablamos desde el punto de vista económico, es una jugada maestra. Tenemos colas de gente dispuesta con ansia voraz a pagar un 70% más de importe por entrada, y un astronómico 2400% de precio sobre coste por unas palomitas aceitosas y una bebida aguada. Pero hay más negocio en juego: las industrias ya están listas para sacar televisores en tres dimensiones. Agotado ya casi el parque de LCD y Plasma, los mercaderes han vuelto a encontrar una nueva gallina de los huevos de oro.
No me molesta ver una película en tres dimensiones. Pero cabe decir que la ilusión de la profundidad es tan antigua como la invención de la perspectiva. Los franceses que asistieron a aquella célebre llegada del tren se asombraron mil veces más que nosotros con estos trucos de feria. Cuando un espectador está en un cine, se olvida de que está viendo una proyección sobre una pantalla, y se cree que el asesino está detrás de la víctima.
Es la calidad, y no la técnica, lo que le da al cine su sentido. Si una película te dice algo, te lo dirá en una televisión de tubo con una copia llena de ruido y mal doblada. Cuando vamos a ver ilusiones, no es necesario añadir instrumentos que, en lugar de reforzar la ilusión, la extrañan. Porque no hay nada más inquietante, en una proyección de este tipo, que girarte para ver las filas de gente con gafas iguales que la tuya, perfectamente uniformes.