domingo, 3 de octubre de 2010

Un futuro distinto


Una amiga mía fue a una vidente en contra de mis consejos. Le dije "tienes un buen trabajo, tu pareja te hace feliz, y no tienes apuros económicos. ¿Es que quieres tener un hijo?". Erica reía y me golpeaba el hombro con cariño, como siempre que le gastaba estas bromas. Me decía que yo no creía en nada, cosa que quizás era cierta. Pero lo que me contó de la visita fue algo digno de ser mencionado. Me dijo que la vieja vidente. que por cierto era ciega, le había dicho esto:
"Tu futuro... tienes miedo de perder y de ganar, como tantos. Veo cosas confusas, pero puedo decirte algunas. El 15 de Noviembre conocerás a un hombre, llamado Tristán, que te hará dudar sobre tus relaciones, porque te sentirás atraída. ¡No me preguntes qué pasará! ¿Acaso no depende de ti? Ese Tristán trabaja de corredor de Bolsa, y sus negocios se verán alterados por una caída generalizada en sus acciones que empezará a finales de este més, de hecho los números serán negativos a partir del cierre del 30 de Octubre. Es guapo, pero le faltan agallas y escrúpulos, y tiene un hijo con un antiguo lío. Ese hijo morirá en un accidente de esquí, dentro de 25 años, y su novia llorará poco por él. En Navidad, querida mía, tendrás una discusión con tu hermano menor, Roberto, y estaréis mucho tiempo sin hablaros, aunque eso también depende de ti. El año que viene te ascenderán, si sigues trabajando como hasta ahora. Tu jefe, que tendrá un ataque al corazón dentro de tres años, exactamente el 15 de marzo, está contento contigo. Perdona, hija... perdona... veo cosas. Veo algo que nadie puede evitar en primavera, en Abril, un atentado contra un aeropuerto... no, no te afecta. Es en Berlín... morirán 57 personas, y nadie se atribuirá la autoría, pero habrá una persecución contra musulmanes por parte de la cancillería. Si dejas de fumar, conseguirás evitar un cáncer de pulmón que te llegaría a los 51 años. El futuro es un montón de líneas, algunas de las cuales dependen de nosotros, pero no todas. Tienes un amigo que se llama Pedro, ¿verdad? Curioso futuro el suyo... muy curioso. Hay un par de cosas que ese amigo no podrá evitar, y que no le gustarán. ¿Os lleváis bien? Seréis amigos muchos años. En algún momento que no puedo determinar, uno de los dos le salvará la vida al otro. Querida mía... serás feliz si quieres serlo. Habrá una inundación en una provincia china la semana que viene... muchos muertos. Y una persona que no puedo decirte te traicionará con las primeras nieves de Febrero. Quien menos esperas. ¿Te gustaría ganar algo de dinero extra para comprarte ese bolso que viste en el Corte Inglés el Viernes pasado, que tanto te gustó? Apuesta contra todos tus amigos que el Betis subirá a primera, porque, aunque nadie lo piensa, así será... ahhh... estoy cansada. Coge la cartera y dame dos de los cinco billetes que tienes en ella. Muy bonita la foto de tu pareja, por cierto... cuando se la hizo pensaba en ti."
Cuando mi amiga Erica me contó esto, le pregunté varias veces si era cierto, pero yo la conocía muy bien, supe leer en su cara que era sincera. Me asusté mucho, y le dije que a partir de ahora nunca más diría que no creyera en los videntes. Me dijo que fuera yo, pero me entró tal terror que casi me echo a correr de la plaza llena de niños y palomas en ese mismo momento. Esa noche no pude dormir nada bien, la verdad.

sábado, 28 de agosto de 2010

El último sabio


La primera vez que vi a Raimon Panikkar de un modo consciente fue en un programa en que éste iba desmontando sin tregua casi todas las afirmaciones de su entrevistador Fernando Dragó. Fue memorable ver cómo la erudición se estrellaba contra la sabiduría. Vi a Panikkar otras tres veces más por televisión, con su perenne sonrisa y su extremo rigor, su vestidura y piel hindúes, sus siempre meditadas palabras.
Luego leí y supe cosas de él. Que recibía visitas en su casa de Tavertet, donde vivía rodeado de sus libros, y de poco más. La televisión e Internet le eran ajenos, pues mantenía un sano y sólido escepticismo frente al progreso técnico. Como siempre nos interesa, chafarderos que somos, lo personal, supe también de las disputas con su hermano Salvador, que fueron finalmente resueltas. La foto de los hermanos abrazándose me emocionó.
En Panikkar conviven de un modo prodigioso las filosofías y saberes de Occidente y de Oriente. Probablemente, teníamos en él al mejor orientalista de Europa: todas las religiones pacíficas de aquellas regiones calaron hondo en él, quizás a raíz de su prolongada estancia en la India, y su fértil estudio. Siempre simpaticé con un hombre de tan honda espiritualidad, tan alejada de cualquier forma de fanatismo. Siempre admiré la felicidad que transmitía.
Recuerdo ahora muy particularmente una entrevista que dio en TV3, ante un economista muy respetuoso. Se le veía cansado, pero su espíritu operaba de modo deslumbrante. Habló con seriedad sobre el fundamentalismo católico, sobre antiguas culturas, y a instancias del entrevistador, sobre algunas cuestiones de actualidad. "Estem tocant fons, però la gent se n´adona". Su fe en la humanidad siempre fue firme e incontestable.
Se está publicando, en edición minoritaria, su opera omnia en bellos volumenes editados por Fragmenta. Es una obra monumental y muy densa, ante la que uno se siente insignificante. Pero creo que Raimon Panikkar era un hombre esencialmente oral. Amaba la conversación, y siempre abogó por eso mismo, un encuentro amistoso entre todas las religiones y culturas, que son una misma. En estos tiempos confusos, Panikkar no ha muerto. Sigue velando sobre nosotros con una sonrisa eterna.

domingo, 18 de julio de 2010

Work in progress


Cuando me encuentro con un amigo casual y me pregunta ociosamente qué estoy leyendo, rara vez respondo con sinceridad. El caso es que ahora mismo estoy leyendo la Obra Selecta de Edmund Wilson, autor poco conocido por los amigos casuales, y como sólo en la intimidad más absoluta doy rienda suelta a mi demonio, la ocasión merece unas pocas palabras, porque el libro está causando un efecto en mí, como no podía ser de otra manera.
Naturalmente, no estoy de acuerdo con muchas de las opiniones de Wilson, un crítico incapaz de apreciar las virtudes de la literatura popular de entretenimiento, obsesionado como estaba por el artificio del realismo psicológico. No es ese el tema, sin embargo: Wilson ofrece ensayos deslumbrantes sobre escritores (la expresión es suya) de primera línea, que corresponden a sus afinidades estéticas, pero cuya huella es innegable.
Más allá de un talento esencial, que no es otra cosa que una extensión de la responsabilidad, una virtud secreta une a nombres aparentemente dispares como Flaubert, Henry James y Kafka. Esa virtud, compartida parcialmente por Wilson, es el amor absoluto y casi fatal por el oficio de escribir, hasta tal punto, que no encontraron un amor mundano que lo sustituyera. Para hombres como estos, escribir es una cosa difícil y muy seria, por la que vale la pena entregarlo y sacrificarlo todo.
Los resultados están ahí. Pocas obras costaron más trabajo a sus artífices que La Educación Sentimental, Lo que Maisie supo, o El Proceso. Pocas obras son memorables hasta ese punto en la historia de la literatura. Flaubert hizo tres borradores de la primera a lo largo de los años, James documenta en sus diarios lo extenuante del punto de vista de Maisie, y Kafka sacrificó su salud y su sueño para labrar su simbólica pesadilla. Estos artífices nunca se rindieron a la pereza, y de ahí el resultado.
Hay y ha habido escritores cuyos logros son inferiores a su potencial innegable. Es significativo que, recogiendo una queja íntima de Wilson que no se atreve a expresar claramente, no haya una gran novela americana como lo que fue Guerra y Paz para los rusos. La idiosincrasia del país bien da para el tema. Bajo la malhumorada faz de Edmund Wilson, se encuentra la decepción de un hombre que se supo en un país que sería lo que Roma fue para Grecia: una nación de conquista con complejo de inferioridad.

sábado, 10 de julio de 2010

Mirad los cielos


El profesor Lang, titular de la cátedra de Astronomía de la Universidad de Miskatonic, descubrió que una raza extraterrestre hostil y antigua pretendía destruir la Tierra. Lo observó por su telescopio e interceptó las crípticas comunicaciones entre las naves, que atravesaban ya la nube de Oort. Lo cierto es que la flota invasora tenía una debilidad que Lang había averiguado, de modo que la vida de la Tierra dependía del aviso del doctor Lang.
Avisó primero a sus alumnos, en una clase que dejó de ser rutinaria. Escribió una serie de fórmulas que acaso sólo él pudiera entender, y les explicó la situación a sus queridos estudiantes, que mostraron un rostro demudado. No duró. Las carcajadas pudieron oírse hasta el mismo paraninfo, y Lang se puso rojo de furia, que no de vergüenza. Una de sus alumnas favoritas levantó la mano para decir: "Profesor, ¿es su manera de decir que hay un examen sorpresa?"
Lo intentó con sus colegas, y al menos ellos no se rieron ni un instante. En lugar de eso, lo miraron por encima del hombro. Algunos de ellos, que Lang siempre consideró amigos, se descubrieron al decirle que "siempre has sido un poco excéntrico". Casi todos coincidieron en que debía mantenerse en su área de especialidad, y no aventurar idioteces. Nadie había contribuído nada especial a la Ciencia, pero todos dieron sus consejos.
Lang no vivía en la ciudad. Mientras conducía, tomó la decisión de, al menos, avisar a su familia. Cuando llegó a casa, confesó sus suposiciones a su querida esposa. Los niños duermen, sin saber lo que nos espera, cariño. Deberíamos ponernos a salvo. Ella no se rió, ni fue condescendiente, simplemente escuchó atenta. Lang creyó haberla convencido. Sin embargo, cuando pudo tomarse su cena tardía, ella se fue al dormitorio, no sin antes decirle: "Mañana, recoge los platos, amor. Tengo guardia todo el día".
Ella tampoco le creía. En un último intento, el catedrático Lang llamó intempestivamente a un amigo íntimo, al que hace tiempo que no veía, y quedaron en una cervecería, casi a medianoche. El amigo escuchó toda la historia, y acaso creyó a Lang, pero: "¿Qué puedo hacer yo solo, contando con que fuera cierto?" Lang cayó presa de la desesperación. Pausa. Cuando llegaron las naves, ya invencibles, ya demasiado tarde para todos, el profesor lloró por Newton, por Cervantes y por sus hijos.
Sin embargo, las naves se lo llevaron antes de destruir la Tierra para siempre. Lo abdujeron. Los alienígenas, que no puedo describir, lo recibieron cálidamente con un murmullo que sólo Lang entendía, el mismo que había oído en las comunicaciones interceptadas. Lang, aunque quizás no fuera ese su nombre, había vuelto a su hogar, y estaba de nuevo con los suyos.

sábado, 3 de julio de 2010

Tiempo de parar


El Verano, cuyo comienzo astronómico ha coincidido casi exactamente con su comienzo real, es la estación del año en que resulta más difícil pensar. No es sólo el achicharrante calor, que derrite cualquier buena intención de sacar algo decente, sino la complicidad profunda de la humanidad, el ponerse de acuerdo todos en coronar como reina de la fiesta a la banalidad pura y dura.
Estímulos no faltan, porque los mercaderes ya no descansan ni en Agosto. Pero la capacidad de absorber esos estímulos disminuye casi a cero. Después de todo, el ser humano no es tan homeotermo como se dice. Si sales a cualquier calle, ves lo que William Gull decía en From Hell: an elicit display of sex. El sexo es tan palpable, la piel está tan expuesta, y hace tanto calor, mi amol, que los instintos más primarios sustituyen a cualquier otro. Hay que ir de fiesta en fiesta hasta reventar.
En la prensa no hay noticias que valgan la pena, si es que las hay alguna vez. El deporte ocupa las portadas mientras la gente muere en tierras remotas y frías, mujeres sin alma nos miran desde las fotos de los paparazzi como sirenas susurrantes, el olvido de todo se instala en el disco duro colectivo, los adinerados se retiran como hienas a sus cuarteles, y los pobres tontos creen a veces que no son pobres, y se vuelven doblemente tontos.
En Verano, el cerebro hiberna. Siendo precisos, hiberna casi todo el año, pero es en el estío cuando la mente nos dice, como a Homer Simpson, "ya tuve suficiente, y me voy". Y los cuerpos, meros apéndices, nos trasladamos también a algún lugar distante de casa donde abundan los mismos ruidos, el mismo espectáculo, la identidad de las mezquitas y las iglesias que decía el buen Pessoa. Madre que será lo que quiere el negro.
El desierto, esa tierra limpia, es la metáfora y la antítesis de la estación. Quizás es el único sitio al que vale la pena irse en Verano. Porque para los que se quedan y necesitan un mundo de orden y algo de razón, esta estación es un desierto que hay que atravesar hasta que a finales de Agosto se consuman las operaciones de retorno, el Otoño asoma por la ventana, la gente vuelve a su falsa actividad, y las flores del pensamiento abren sus pétalos.

viernes, 18 de junio de 2010

Juntos y solos


Recibí una invitación para visitar la casa del famoso coleccionista de libros. Creo que fui yo quien llamó a mi amiga J. para que me acompañara. Llegamos a eso de las cuatro y media de la tarde, tras una alegre caminata a través del solitario villorrio. El dueño de la mansión vivía casi al pie de la montaña. Nos recibió con cortesía, aunque notamos cierta frialdad que se fue disipando conforme se alargaban las sombras.
"Algún día", dijo cuando ya estaba listo para ser escuchado, "mi colección será donada a la Universidad de Vic, de la que guardo tan buenos recuerdos". Mientras tomaba el té, observé cierta falsedad en esa declaración, pero no dije nada. Desde luego, J. estaba muy impresionada. Al cabo nos enseñó la magnífica biblioteca. Hice algunas observaciones un tanto banales, y el señor se dio cuenta, pero no me importó demasiado.
Los libros estaban dispuestos en anaqueles con puertas de vidrio cerradas con llave. "Es para que no cojan polvo", dijo su dueño. Le pregunté ociosamente, quizás corroído por la envidia, por sus piezas más preciadas. "Bueno, conseguí esa edición de Kafka en Londres, un día memorable. Si hubiera estado en otro sitio en aquella ocasión, esos tomos no estarían aquí" dijo con satisfacción visible. Nos habló de sus viajes por el mundo para encontrar los libros.
Era fascinante. Mientras recorríamos la biblioteca, nos habló de Florencia, los barrios más bohemios de París, algunas librerías de Nueva Orleans y Tokyo. Nos contó cómo se hizo con el ejemplar firmado de Faulkner en aquella famosa subasta de Chicago. Tenía nuestra atención cautivada al hablarnos de los intermediarios que le conseguían ejemplares únicos y antiguos. El curioso mundo del coleccionismo de libros era en verdad apasionante.
La velada fue agradable, y llevado por la alegría de J., me animé lo suficiente para hacerle la pregunta equivocada, pero era aún muy inocente para este mundo. En todo caso, le dije "Bueno, ¿y cuál es el autor que más le gusta leer?". Observé de inmediato su mueca de desdén y su mirada fría al contestarme: "Creo que no te entiendo, chico. ¿Leer, dices? No tienes idea del tiempo que me cuesta encontrarlos y conservarlos. ¡No tengo tiempo de leerlos!".

viernes, 11 de junio de 2010

La antigua llamada


Como tengo la suerte (o la desgracia) de no vivir en una gran ciudad, tengo la oportunidad, no siempre aprovechada, de dar paseos por las afueras, alejado del ruido de los hombres, y caminar sin tardar demasiado en encontrarme con el campo. Las caminatas invitan a la reflexión y la contemplación serena. Es un estado propicio para que te asalte una buena idea de cuando en cuando.
A veces puedo ver el horizonte del lugar en que vivo desde un parque o un bosque. Lo que veo es que, al contrario de lo que algunos ecologistas creen, el hombre está muy lejos de haber dominado la naturaleza. Lo que veo cuando camino entre árboles es un orden muy superior, muy antiguo, fruto de miles de millones de años de lenta fabricación. El polen, los insectos, el viento entre las hojas me dan a pensar que lo inestable, lo que siempre está amenazado, es nuestra precaria civilización.
No temo por eso a nivel externo. Los que se preocupan por el medio ambiente, en el fondo se protegen (o eso quiero creer) de una venganza del medio ambiente sobre nosotros. No es eso lo que me preocupa a mí, aunque tengo el recuerdo de cómo la selva invadía un pueblo en los cuentos de Kipling, casi sin dejar rastro de que hubo seres humanos. A veces pienso en las ruinas de Tikal, o en los monos ladrones de la India.
Sin embargo, la verdadera guerra entre la naturaleza y la civilización no se libra en el suelo que pisamos, sino dentro de cada uno de nosotros. La antigua llamada nos llega desde el interior de nuestros cerebros, fruto también de la evolución. Y los instintos naturales son por definición contrarios a los fundamentos del orden civilizado. La agresividad, el abuso sexual, el miedo y el ansia son instintos que todos nosotros compartimos y que debemos dominar.
Frente a los impulsos naturales, hemos opuesto nuestras mejores virtudes. Como Konrad Lorenz, creo que esas virtudes son una conquista frágil y exclusiva de nuestra especie. El arte, el respeto, la curiosidad y el altruismo son valores que se nos enseñan, pero que son muy recientes frente a los lazos que nos unen con nuestros remotos origenes. A poco que nos descuidemos, y lo hacemos a menudo, la naturaleza salvaje innata a todo ser vivo puede acabar con todo lo que hemos construido, en cualquier momento.